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Improvisaciones. COLUMNA DE CARMEN MÉNDEZ.

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Improvisaciones / Columna de Carmen Méndez 

 

 

Recientemente tuvimos la oportunidad de visitar distintas salas de conciertos en varias ciudades europeas: Martorell en Cataluña, Freiburg en Alemania y Kostroma en Rusia. Notamos que como actividad artística, en todas las ocasiones se observa el sentido comunitario que se le da al quehacer musical. A diferencia de lo que se divulga en medios de comunicación, los cuales exaltan la fama, la idolatría, la exclusión (solo llegan a la cima los excepcionales), el egocentrismo... corroboramos que más bien, lo que se celebra en el concierto es la presencia de lo estético en una comunidad, barrio o ciudad. Ese recital une. Ese recital proporciona una identidad. Ese recital eleva la autoestima de todos aquellos asistentes. Es experiencia estética y espiritual...

 

Entonces, nos preguntamos por qué muchas veces no se valora ese tipo de actividades desde esta perspectiva. De manera simple, se puede afirmar que frente a la posición superficial del concierto como promoción comercial, y a menudo hasta chabacana, el recital auténticamente “honesto” es aquel que estimula el gozo de compartir en conjunto diversas propuestas de belleza y expresión sonora.

 

En la comunidad de Martorell vimos cómo se honraba a un ciudadano notable, fallecido varios años antes, que donó su casa para convertirla en un museo de la cerámica o mosaico catalán: una verdadera joya arquitectónica. A su alrededor un numeroso grupo se reúne a escuchar a un talentosísimo violinista, procedente de su misma comunidad. Hay disfrute, satisfacción por pertenecer a esa ciudad, espíritu fraternal y compromiso de las autoridades políticas.

 

En Freiburg, el coro más antiguo de la ciudad presenta, junto a una excelente orquesta de estudiantes, el Requiem de Verdi. El teatro con dos mil asientos se llena a reventar. La ovación final lleva a los artistas a presentar un encore, en el cual los músicos de la orquesta se ponen de pie y con partitura en mano, cantan un himno a cappella junto al coro. El público eufórico aplaude sin cesar, ¡son su coro y su orquesta!

 

En Kostroma, una ciudad rusa a orillas del Río Volga, se realiza anualmente festivales internacionales de música. Niños y jóvenes de distintas procedencias acuden como solistas a tocar con la orquesta de ese lugar. Todas las noches hay un concierto de muy alto nivel artístico. El público participa con entusiasmo, disfruta en silencio y aplaude con fuerza. El concierto de clausura de 2017 tuvo una duración de más de cuatro horas. La comunidad asume estos conciertos con espíritu decidido. Es un gran momento...

 

 

En fin, la música bien encaminada, asumida con la seriedad y el gozo que amerita, indudablemente es una vía para la fraternidad y fortalece el entendimiento entre las personas.

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