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Guía de perdiz: De profesiones “liberales” y las que liberan. Columna de Aurelia Dobles.

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De profesiones “liberales” y las que liberan

 

Guía de Perdiz / Columna 

 

 

Apoyo el oído en la lluvia para acatar la banda sonora de la palabra “costarricense”. Me cuenta una alumna que en México no conciben la forma de diluviar de un aguacero tico; se les escurre del entendimiento porque allá el suyo es a cuenta-gotas y ya con eso tienen bastante.

 

Nosotros aquí sabemos del viento de agua que antecede al hondo túnel de los goterones, del abanico húmedo para nombrar desde el vendaval de mayo –escoltado por cantos de innúmeros pájaros–, hasta el pelo’e gato friolento que soplan los alisios en diciembre. En ese transcurrir de nuestro invierno líquido, la percusión sobre tejados teclea liviana pero incesante, o atronadora, una señora en un bus la llamó “llovión” (añádase a la colección de nuestro cielo roto de mayo a diciembre). Si salimos del cobijo del techo sonoro, sobreviene la empapazón sin distingos a pesar de irónicos paraguas, sombrillas y capas, gracias a la travesía por charcos, desagües, ventoleros, llovizna inclinada, carros que pasan aventados, o cuando nos bajamos de ellos. Siempre he añorado que un fabricante de automóviles invente un adminículo en las puertas para salir sin empaparse.

 

Pero no es de eso de lo que vengo a escribir, tan dados ahora a baldazo palabreado con rayería sobre cualquier tema en las redes sociales. Los periódicos quedaron como resabio de hoja pasada a la hora del desayuno. Una de esas mojazones viene a cuento.

 

Se me atraganta, debo confesar: alguien con un temporal tan espeso que lo escupió encima de una excelente funcionaria de las artes, al denunciar su salario por “pluses”, según la denuncia, porque su profesión no es “liberal” y no merece ganar por dedicación exclusiva. Ella que lo ha hecho de cabeza y cuerpo entero a lo largo de dos administraciones.

 

Vean: ya la palabreja “liberal” le despierta a una los genes antisistema. ¿Profesión “liberal”? ¿Qué carachos herencia de un pasado que insiste en estereotipos y retrocesos?

 

Viéndolo a fondo, que los profesionales del teatro, la danza, la música, la literatura, las artes plásticas, el cine y un hermoso rosario de nuevas creatividades no encajen en “liberal” no deja de ser un piropo. Pero pónganme eso en la tabla de salarios y ahí la cosa son otros cien pesos, por cierto bien mezquinos.

 

En los últimos meses he podido atestiguar obras teatrales que consiguen conmover y despertar lo mejor de la persona humana. Dirán que las profesiones “liberales”… bueno sí, son indispensables y de agradecer, claro, es crucial que nos curen, nos saquen de un entuerto legal, construyan bien la platina, nos vendan algo que necesitamos… que necesitamos, no que inventen que necesitamos…

 

Lo que digo es que las profesiones artísticas nos conectan con algo más sutil y bello.

 

¿Qué es, dirán, lo mejor? Este mundo hace ratísimo entró en una caldera de millares de demonios a punta de eso que creíamos “mejor”: ambición, poder, fama, dinero, conquistas mundanas, en fin, codicia, avaricia, egoísmo, desenfreno. Ni por asomo hablo de eso.

 

Lo mejor es lo que nos humaniza, nos conmueve y logra conectarnos con una esencia verdadera en el fondo de todos nosotros: la bondad, la solidaridad, el respeto, la comprensión de “los otros”, la ternura. Tiende a hacernos convivir en paz y en armonía.

 

Es curioso: las profesiones “no liberales” en sus creaciones retratan y comprenden minuciosamente a las “profesiones liberales”, pero nunca al revés.

 

Eso vislumbré en obras de teatro que hablan del autismo (Tiempo de abrazar), de la igualdad de las personas con discapacidad (Miradas íntimas), de la violencia contra las mujeres (Máquina), de los migrantes (Diluvios), por mencionar solo algunas… En cada una de ellas los del público nos llevamos en la piel, en la mente, en el corazón, una reflexión, y no solo nos con-movieron: nos llevaron a movernos de las prisiones internas.

Me quedo cortísima, pues en el panorama cultural costarricense hay variedad de manifestaciones que abordan con honestidad aristas profundas y necesarias. O nos mueven por la comprensión de la aventura humana para no repetir errores (La Orestiada), o sencillamente por la belleza desplegada (Chicago), y vaya si es necesario recordar que no solo de pan vivimos.

 

Así que no nos vengan a decir que no merecen ser tratados igual los profesionales “no liberales”, propiciadores, con su trabajo, de algo tan inefable como hacernos mejores personas. Basta con que cumplan con los requisitos exigidos en cuanto a grado académico, prueba de que se quemaron las pestañas para lograr ser bachiller, licenciado, máster o doctor en la escogencia de su vocación sin “liberalismos”.

 

Es más: a todo servidor público le cae bien la dedicación exclusiva, tiempo completísimo, así no hay excusa para no cumplir a cabalidad en su puesto de gobierno.

 

El asunto de los salarios ya lo había abordado aquí, en una de las primeras columnas de Guía de Perdiz, sobre la paradoja de que quienes hacen las labores más “humildes” –como limpiar, cocinar, construir, cuidar, recoger nuestros desechos y un largo etcétera (son los más)– ganen muchísimo menos, pese a que gracias a ellos todos nosotros podemos dedicarnos con comodidad, bien limpios y nutridos, a nuestras actividades digamos “intelectuales” o “liberales”. Pero son otros cien pesos o… pensándolo bien…, los mismos que la Humanidad no ha sabido resolver con justicia.

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