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Suplemento 129

Un libro de la Editorial de la Universidad Nacional sobre Julio Escámez

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Un libro de la Editorial de la Universidad Nacional sobre Julio Escámez

 

Rafael Cuevas Molina

 

 

La Editorial de la Universidad Nacional (EUNA) acaba de publicar uno de los libros más hermosos de su larga historia. Se trata de Imágenes fugitivas, Acordeón y Visiones, de nuestro querido Julio Escámez, quien vivió y trabajó entre nosotros desde febrero de 1974 hasta diciembre de 2015, cuando en el mes de diciembre falleció en la ciudad de Heredia.

 

El libro, de 318 páginas, está repleto de ilustraciones en blanco y negro, y, cuando lo requiere, a todo color, pertenecientes a tres momentos distintos de su prolífica vida de pintor. Se trata, en realidad, de tres cuadernos que guardan bosquejos, apuntes y aguafuertes, los cuales, con el ánimo prolijo y puntilloso que lo caracterizaban, le servían de base para sus obras de gran formato.

 

Julio, quien vivía en una casa-pajarera en San Pedro de Barba, era el último espécimen de una estirpe que, en el ruidoso mundo de los especialistas, se extinguió hace mucho: la de los seres renacentistas, lo mismo que decir la de los humanistas, a los que nada humano les es ajeno.

 

 

Este hacer renacentista se atisba en este libro maravilloso. Decimos que apenas se atisba porque la amplitud del quehacer y la visión de Julio no es posible atraparlas en ningún objeto material, por muy bien intencionado que sea. Es que él era, en primera instancia y sin ninguna duda, un pintor, y eso sí puede mostrarse en un libro, pero era mucho más que eso.

 

 

En primer lugar, Julio fue un gran contador de historias, un fabulador que embelesó a los más curtidos escritores, quienes envidiaron la imaginación y la vehemencia con la que relataba las peripecias, mitad reales y mitad fantásticas, de su vida: su viaje en avión desde Nepal a la China a través del Himalaya en una noche de tormenta; las atenciones y los placeres gastronómicos de una familia pekinesa en el casco antiguo de la ciudad; el hambre que pasó en Japón por no saber el idioma; la belleza de las mujeres yugoeslavas que le acompañaban por las costas del mar Adriático; el horror de su novia alemana ante el sacrificio de un carnero en un ritual mapuche en el sur de su amado país.

 

De todas sus andanzas tenía siempre un recuerdo que mostraba orgulloso a quienes, en derredor, le escuchaban atentos: un teatro de sombras de la China; una muñeca de porcelana; los planos de un teatrino italiano; una cometa japonesa. La casa de Julio era una caja de sorpresas que saltaban de cada estante y cada gaveta.

 

En segundo lugar, Julio fue un melómano consumado. En una pequeña y vieja radio escuchaba todo el día la que era su música preferida, la de Bach y Mozart, de quienes recitaba de memoria los más mínimos detalles de sus biografías. De joven tuvo una formación musical básica, no todo lo completa que seguramente hubiera querido tener, pero la suficiente no solo para que ese ámbito de su sensibilidad se puliera, sino también para tener conocimientos que le permitían apreciar con propiedad la música que amaba.

 

Ella, la música, era lo primero que se anunciaba cuando se llegaba a su casa. Desde la esquina, en donde estaba la pulpería rural a la que acudía caminando parsimoniosamente todas las mañanas a comprar el queso blanco, el pan y las bolsitas de té, se oía su retumbar. Era un problema, porque las rudimentarias campanillas que había que sacudir para que se enterara de que alguien había llegado no lograban superar el estruendo. Hasta que al fin se escuchaban sus pasos y sus gritos en la endeble escalera de madera por donde había que subir con cuidado para no caer.

 

Creo que no sería exagerado decir que, de los que conozco, Julio Escámez es el filósofo más auténtico. En el libro de la EUNA que es excusa para soltar estos recuerdos, se ven destellos de esta faceta. Era la consumación del espíritu crítico, el ojo escrutador al que no se le escapaba nada del mundo que le rodeaba. Esa actitud escudriñadora, reflexiva y crítica le valió tanto la amistad imperecedera de muchos como la enemistad de otros. Sus grandes cuadros que muestran imágenes apocalípticas, de fin del mundo, en los que los poderosos caen gritando en remolino, mientras son perseguidos por las espadas flamígeras de ángeles vengadores, son la concreción plástica de reflexiones largas y profundas sobre el ser humano, nuestro tiempo y nuestro destino como especie.

 

En su pequeña habitación, en donde se oía silbar al viento entre el bambú que rodeaba la casa, fue acumulando una biblioteca que enriquecía constantemente con los temas más variados. Tenía marcados y separados los libros que consideraba le decían algo especialmente relevante. Entre ellos, en carpetas, guardaba recortes variopintos de periódicos: noticias, notas con datos que le llamaban la atención o reportajes. Leía de todo, le encantaban las biografías de músicos; se divirtió a mares con la historia de los papas; releía frecuentemente al antropólogo Marvin Harris, quien le aclaraba aspectos esenciales del desarrollo de la humanidad.Y leía a Marx, porque fue siempre un comunista de cuerpo entero, inclaudicable hasta el último día.

 

Alrededor de Julio se armaron las más alegres y bulliciosas fiestas de San Pedro de Barba. Llegaban los amigos y se desperdigaban por toda la casa, por el taller del último piso en donde estaban los cuadros-murales que nadie supo nunca cómo podría sacar de ahí; por el cuarto del frente en donde se veía el Valle Central y, en las tardes claras de diciembre, podía atisbarse el océano Pacífico; por el cuarto del centro, largo y oscuro, con el cielo raso carcocomido por las ardillas que iban devorando poco a poco toda la casa. Y afuera, sobre una paila gigantesca, Vicente hacía la paella que todos devoraban, hambrientos a media tarde, luego de haber apurado las botellas del vino chileno que no podía faltar.

 

El mejor vino del mundo, gritaba Julio al unísono con Raúl Torres Martínez, sacado de uvas de cuyas cepas Francia debió pedirle a Chile unos cuántos vástagos luego de que se hubieran extinguido en sus viñedos. Y la leyenda iba y venía entre la sorna de unos y el orgullo patrio de otros.

 

Chile, Chile, Chile siempre, Chile en el corazón; Chile el amado, el infaltable en cualquier conversación. El lugar en donde sucedían las cosas ciertas. El Chile de la decepción también, el Chile que ya no era Chile cuando volvió y se sintió ajeno a ese nuevo país que había quedado después de la noche de la dictadura.

Cuando Julio se pensionó de la universidad en la primera mitad de los años noventa, escribí en este mismo suplemento unas sentidas líneas por la nostalgia del maestro que se iba[1]. Dije, en aquel momento, que, respecto a él, había habido mucha incomprensión y que las entonces precarias paredes de nuestra institución no comprendían cabalmente a quién habían albergado.

 

Este libro que hoy se publica restaña en alguna medida esa actitud que acompañó durante mucho tiempo al querido maestro. Es un esfuerzo que ha sido posible gracias al trabajo profesional de un equipo comandado por un historiador que tiene todas las herramientas para llevarlo a cabo, el Dr. Mario Oliva. Se han podido salvar con él documentos que, de otra forma, podrían haber seguido el destino de aquellos que el pintor encontró desperdigados y húmedos en su antiguo estudio en Chile, cuando volvió del exilio. Falta aún mucho por hacer, pero ya se ha empezado, y el primer paso es de primer orden, remarcable en todo sentido; augura otros que deben venir para ir reconstruyendo la vida y la obra de alguien a quien la universidad debería dedicarle instalaciones modernas y adecuadas para recopilar su legado.

 

¡Salud, Julio!

 


 



Cuevas Molina, Rafael; “¡Salud, Julio!”, en Suplemento Cultural nr. 51; localizable en: http://www.icat.una.ac.cr/suplemento_cultural/index.php/the-community/120-arte-grabado-pintura-dibujo-y-escultura/483-isalud-julio-rafael-cuevas-molina280

 

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