Frase

  • Las fotos se van convirtiendo cada vez más en la mercadotecnia personal.

     

    Carlos Monsiváis

créditos

Banner_izquierdo

Contador de visitas

Guía de Perdiz: La caja de jabones.COLUMNA DE AURELIA DOBLES

Tamaño letra:


La caja de jabones

 

Guía de Perdiz / Columna de Aurelia Dobles

 

 

 

Sus huesos pequeños, piel más bien lisa y sus hebras apenas entrecanas –como buena heredera de una bisabuela cabécar–, la hacen parecer más joven, pero mamá cumplió 70 y fue cuando decidió entrar a un taller literario.

Me encontré su cuaderno sobre el mantel plástico floreado de la mesa del comedor; tantas veces le he pedido cambiar esa cubierta anticuca; pero, como le pasa esponja con cariño y mamá ahorra hasta sus pasos, dejé de insistir. No pude evitar tomar el cuaderno, igualito a ella de sencillo. Ahora que me trasladaron a la zona sur, me cuesta visitarla a menudo y un impulso me llevó a abrirlo. Leo:

 

“Recuerdo mi caja roja y negra de jabones Maja, llena de cromos, me gustaba sacarlos y olerlos untados de ese perfume. Y entonces la volví a ver, a aquella niña parada junto al muro de la escuela García Monge en Desamparados, con su enagua larga de paletones azules, sus medias por la rodilla, la blusa blanca sin manchas, zapatos brillando de betún y el pelo largo recogido con dos prensitas de abejón. Abuela así me mandaba, prendidita. Me criaron mis abuelos: Rosaura ella y él Apolonio, trabajaba de linotipista en una imprenta, llegaba a casa con sus dedos negros de tinta y me gustaba que me dibujara figuras en la cara: animalitos, ojos de payaso, flores; yo corría al espejo para descubrirlos y nos reíamos mucho. Me quedaba pintada un rato, después abuela me lavaba suavemente y también se reía. Abuelo Apo coleccionaba estampas de obras de arte y aunque eran su tesoro siempre me regalaba una en el cumpleaños, otra el día de Juan Santamaría, el día del Niño, el 15 de setiembre y en Navidad. Así que tenía muchas.

 

Decía la abuela Rosaura que a mi mamá le pusieron Alba Rosa, yo nunca la conocí, yo me llamo Aura Rosa: ¡qué colección de pétalos con espinas en mi familia!; por eso a una hija mía le pondría Lila, una flor nada llamativa y sin espinas. Solo la tía Rosarito rompió la cadena de rosas espinosas, como si una rosa riera, y rio mucho, sus carcajadas de agua nos refrescaban a todos… Pero ella se fue lejos y no supo cuando abuelo Apo murió sin avisarnos. Abuela Rosaura tuvo que llevarme a vivir con los tíos. Y entonces vuelvo a mirar a esa niña de pie junto al muro de la escuela García Monge, aprendió a comerse las uñas hasta la raíz, temblando: no quería que ninguno de ellos pasara a recogerla.”

 

– ¡Lila, Lila, ya llegaste! Te conseguí tacacos y raíz de chayote para cocinarte –mamá entra de su mandado.

Cierro de golpe el cuaderno y corro a ayudarla con las bolsas. Como andaba sin anteojos no repara en mi atrevimiento.

 

Mientras le ayudo con el almuerzo, le meto conversa.

 

–Mamá, contame: ¿de qué escriben en ese taller? ¿Verdades o mentirillas?

 

– Mirá, todavía no entiendo mucho, la profe dice que escribamos la verdad, lo que recordemos a partir de un objeto, por ejemplo, o lo que sintamos, y que luego más luego la imaginación va a travesear, tal vez inventar.

Al ir a poner la mesa observo de reojo cómo levanta veloz el cuadernillo, lo guarda en la gaveta del trinchante, la única con llave, y esconde esta en el bolsillo milagrero de su delantal, donde convivirá con el recibo de la luz, las hojillas de orégano de la huerta, la receta del seguro, las cáscaras de huevo para las matas, las pastillas de la presión y el zepol que le devolvió la vecina.

 

Estoy contenta de que ahora no solo pase el día rezando rosarios, se ha vuelto devota de santos, mi doña Aura Rosa. La veo tan entusiasmada con sus clases nuevas, pero no me atrevo a seguir preguntando. Algo se me encajó entre pecho y espalda y ya ni hambre tengo.

 

A punta de coser y coser doña Aura Rosa había logrado que yo –hija única y sin padre a la vista– estudiara en la universidad, se las arregló para pasar religiosamente por mí de pequeña a la escuela, y hasta pagar un autobús en el colegio para que me dejara en nuestra puerta exacta. Yo me burlaba de su cuidado. En la U me decanté por las ciencias; ahora doy clases.

 

 

Mamá se extraña hoy de que no les rinda honores a sus tacacos y al picadillo de raíz.

En la tarde, cuando vemos juntas el noticiero y dicen que un terraplén aplastó y mató a una niña en el terremoto de Cinchona, mamá exclama:

 

–¡Bendito sea Dios!, de seguro eso la salvó de vivir algo mucho peor en el futuro…

 

Frente a semejante frase, normalmente le habría soltado a mi doña Aura Rosa una encendida opinión falta de fe, pero esta vez me quedé en silencio, mirando hacia la gaveta enllavada… ¿Se conseguirán aún los jabones de aquella marca?

 

 

Share
Footer.png