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  • ¡Oh Señor, hazme casto, pero no todavía!

     

    San Agustín

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Guía de Perdiz: Efectos colaterales. Columna de Aurelia Dobles

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Efectos colaterales

Guía de Perdiz / Columna de Aurelia Dobles

 

A los ocho años le hicieron gracia los zapatos de charol blanco –inéditos en sus pies de escuela pública– , y no tanto el vestido níveo de encaje, prestado por alguna prima lejana. Más le gustó el librito de solapas brillantes que apelaba a una naturaleza angelical en alguna parte; por la insistencia de una abuela poco afectuosa, haría esa primera, y única, comunión. Papá y mamá, ateos silentes más bien celebrantes de lo sagrado de la vida, se hacían lo que aquí llamamos “los majes” para evitar roces con la parienta cercana.

 

Llegar a ese ritual, de algo que ingresaría en el limbo en su casa, implicaba otro ritual tan inesperado como aquel: confesarse. Por más que escudriñóalgo digno de tal en su historial de ocho años, encontró solo unas pocas mentirillas y algún pleito fraterno. De seguro decepcionaría a la abuela adusta, a sus padres y al cura; entonces, buscó algo entre los diez mandamientos recién aprendidos. Se topó con una palabra sonora, ya a esa edad tenía predilección por las palabras raras, memorizaba especialmente las de domingo –aunque esa que escogería no iba a ser para ventilarla un día de consagrar–; le gustó por misteriosa, total, su hoja blanca de vida aguantaría alguna mancha interesante.

 

Cuando el cura, un hombre de piel y pelo pálidos, robusto y de aire bonachón, escuchó a aquella niña decirle con gran presencia de ánimo: “he fornicado” –ella ya sabía muy bien conjugar los verbos terminados en “ar, er, ir” y eso la enorgullecía–, lo vio inclinarse hacia su pequeñez, subir sus ojos por sobre la montura de los lentes, tornarse rosado y temblarle la comisura de los labios. Escaneó a la criatura –aunque en aquella época no existían tales aparatos–, y llegó a la conclusión correcta: esa chiquita no tenía ni remota idea de a qué se refería. La despachó con dos padrenuestros y un avemaría. Dos cosas más la desconcertaron: el secreto de confesión fue roto por sus padres que quisieron curiosear los pecados de su hijita –ella los llevó prolijamente escritos por orden en un papel con su letra novel–, y no pudo entender su carcajada, menos la confusa explicación sobre su sonora palabra. Sobre todo, se interesaron por la expresión del cura.

 

Otras niñitas de la ceremonia, novias en miniatura, fueron fotografiadas al lado de primos tan cromos como ellas; la primera comunión se convertiría en un acontecimiento social con estreno de ropa, banquete y regalos para los pequeños novios, digo, niños. En su familia se ahorraron el trance y aquella investidura volvió al desván de lo necesario pero innecesario. Total, ella comulgaba fácilmente con el misterio de las estrellas, los pájaros, las flores, las hormigas, los libros, la música y con unos padres que trastocaban el terror de la palabra “diablo”, expandido en las clases de religión, por grillos del jardín.

 

La otra experiencia colateral sucedió poco después, cuando la maestra, de religión, de falda y pelo largo hasta las pantorrillas, la niña Esther, les pidió llevar una imagen de la Virgen. Sus padres se emplearon a fondo para que llevara lo más bello entre sus haberes: una reproducción de la Madonna de Da Vinci. La presentó ufana y transportada a los cielos. La niña Esther examinó su aportey la mirócejijunta y acusadora; ella, inocente hasta el momento, descubrió en esa mirada el morbo: la Virgen daba el pecho al niño Jesús y mostraba el seno.

 

En adelante, no lo podría evitar la burbuja en la que fue criada: vendrían los cuentos de hadas plagados de príncipes azules, los finales de felices para siempre, los bebés de celuloide para practicar dentro de tiernos cochecitos de mimbre, mezclados con las noticias de mujeres quemando brassieres, propugnando el amor libre y considerando la virginidad un tabú por vencer.

 

Más y más avanzaba el siglo, el cambio de siglo, el nuevo siglo y la mescolanza de mandatos sociales, rituales culturales, con la avalancha de cuerpos femeninos convertidos en objetos para devorar, impregnaron el papel esperado para la mujer: el ingreso prematuro en la vorágine de las presiones sociales y antisociales, la sexualidad sagrada hundida en un libertinaje disfrazado de libertad intelectual y en mensajes de carpe diem disfrazados de espiritualidad.

 

Y entonces, nos atoramos en el maremágnum de las confusiones y en el caos de los valores éticos, la violencia y las violaciones, los irrespetos a todo y a lo más sagrado, hasta naturalizar la demanda a gritos del aborto libre como una salida.

 

Es polémico, lo sé, pros y contras como lo de las drogas legales.

  

En realidad, seguimos fallando con insistencia: mitigamos los efectos colaterales de una desviación descomunal, en lugar de abordar con firmeza y sin ambigüedades la causa.

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