Frase

  • “Me despido rompiendo la pluma”

     

    Nota de Emilio Salgari al suicidarse

     

     

     

     

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Guía de Perdiz: Preámbulo de un coento. COLUMNA DE AURELIA DOBLES.

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Preámbulo de un coento

 

Guía de Perdiz / Columna de Aurelia Dobles

 

Toda vida es una ficción –la tuya, la mía, la de aquellos–; he ahí la bondad de la práctica de la escritura: darnos cuenta de ello. Jugar a vernos como imágenes de una proyección mayor en la paradoja de que el juego no es inocuo. La pluma, cual bisturí de puntas de grafito, desangrada en tintas o en teclas que se clavan en el tuétano, desnuda nuestra ilusión: “hechos de la materia de los sueños” o de “polvo enamorado”, si querés. Nos ensancha por dentro y hacemos caber a los demás –esas otras imágenes que nos rodean, que observamos, inventamos, imaginamos–, he ahí el poder espiritual de la literatura: atisbar el desvarío colectivo en el que nos hemos convertido, el que parece un sinsentido y sin embargo es un consentido. En el principio hubo un verbo, sí, y un consentimiento de nuestra parte para esgrimirlo, venir a experimentar y a aprender. La literatura nos ayuda a ahondar en ello.

 

 

Pero solo eso: al final el verdadero logro no tendrá palabras. Mientras tanto, echemos mano para ir quitando malezas…

 

Y si de ficciones vamos, por aquí un coento atisbado en la calle:

 

Coento… ¿qué?... IV

 

Empeñada en ser una personaja. Melodramática, claro, si no para qué. Por eso le costaba tanto desdoblarse en la otra, en la que se sienta a escribir, sencilla hasta el papel que tiene enfrente.

 

 

En autodramaturgias del ego se lleva en banda a esa otra y la obliga a sentarse y obedecer. Eso sí, no llore por las letras derramadas, le advierte.

 

Esa la personaja. La que escribe se ha dejado llevar por ella para dar letra con bola, y la pierde entre las sombras de las calles.

 

 

La personaja cruza topando ojos varios. Pide su café transeúnte en una ventanuca para ir a tomar el bus con el vasillo caliente entre los dedos.

 

 

Esta vez la sorprende al paso, bajo el alero de una vieja tienda, un gordo blanco, despatarrado y descalzo adrede, con los zapatones a un lado para que no quepa duda de su desparpajo: sentado pinta maniquíes con una sonrisita balanceándose al compás del pincel… Muñecas desnudas al aire libre, inertes sobre la panza del operario, sus senos plásticos y la cintura estrecha y móvil entre sus manazas. En el rostro lúbrico y macilento del gordo se pinta la posesión en público de una mujer desnuda e indefensa.

 

 

¿De cuál barco fantasma que la personaja intuye cada mañana en la neblina de su ciudad sin costas, bajaría ese gigante a ultrajar a una maniquí inerme, a vista e impaciencia de todos?

 

 

La personaja quiso detenerse y acariciar la punta de los dedos de aquella muñeca tiesa para consolarla.

 

 

No hubo necesidad.

 

 

Sacudiéndose hilachas de neblina se irguió la maniquí, le metió una patada de pata plástica derecha al fofo macilento y con su pata izquierda rompió el vidrio de la tienda, tomó ropas de allí, se vistió aprisa, y antes de huir tuvo tiempo de enrollarse con garbo una bufanda.

 

 

 

La personaja se tomó el café despacio sintiendo cómo la entibiaba por dentro.

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