Frase

  • “Las palabras llevan a las acciones… Preparan el alma, la alistan y la mueven a la ternura."

     

    Santa Teresa de Jesús

     

     

     

     

     

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Guía de perdiz: Coento con delantal. COLUMNA DE AURELIA DOBLES

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Coento con delantal

Guía de perdiz / Columna de Aurelia Dobles

 

Un coento es un ente que cohabita con el cuento. No hay concubinato escandaloso, se declaran fraternos, nacidos del mismo vientre imaginario. Y como ente, el coento es movedizo y por tanto puede encogerse o crecer, toma del momento lo que necesita para palpitar o deshacerse en el aire de las letras, y no podemos atenernos solo a su instante: cambia, está vivo.

Como este:

 

Caminan ambos solo con un par de piernas. Entran a la multitud en compañía mutua balanceándose como un barco; la impaciencia de conocerse de frente se nota en las pupilas dilatadas.

Por cuarta vez la personaja se siente de veras hermosa. Cuatro veces en la vida lo ha creído, entonces extiende su velamen en el aire y surca los lugares, en este momento un supermercado. Él, allá en estribor, bebe las mareas que pasan por ella.

¿Cómo sabe la personaja que esta vez, de nuevo, es un él? Solo lo sabe, como a veces sabe algunos, muy pocos asuntos. Tal vez los trascendentes.

De pronto frente a la urna de las verduras, mientras escoge las redondas como su vientre, y tan dándose al momento como debe estarlo él allá dentro -al horizonte de luz que se vislumbra-, se le presenta una conocida escritora, le mira el botón en el centro del cuerpo y le suelta: “¡Ahora sí que ya no vas a escribir, te llenaste de güilas!”

Aquí podría terminar el coento. ¿Qué opinan?, ¿cierto?. Con el efecto climático y su panza tambaleante sobre el reluciente piso del supermercado.

Pero no, ella, yo, la que escribe, decide seguir la narración y transformarla en el coento que se disfraza. A esto hay que darle un punto de giro. En la vida una es quien decide esos quiebres. Quitemos las cursivas.

 

Un coento que se respeta transcurre y ya no es –como todo lo vivo-, queda su estela – que también se deshace, quizás ahora en agradecimento a aquella conocida escritora: es cierto que la personaja no pudo descuidar lo precioso que ha habido en sus vientres sucesivos, en aras de una fama y un prestigio engañosos, o de probarle algo a alguien. Quizás se creyó el decreto… mmmm… pero tampoco: desde tiempos remotos o desde otras vidas sabe que publicar no te hace más ni menos escritora.

 

 

Ahora mismo yo -la que escribe-, le robo un descanso a la hechura del almuerzo, los dedos que teclean teñidos de chile dulce y polvillo de cúrcuma entre las uñas, meneaban hace pocos minutos cucharas que pronto reunirán en casa a mis hijos al completo, para celebrar el cumpleaños de uno de ellos, y vendrá el padre aunque sea el ex, las hermanas y cuñados y nueras y sobrinos, y recordé con el vaho de la olla en la cara cómo, desde siempre, mientras escurría los platos en el lavadero, y probaba la sazón, e iba cuajando el guiso, y le añadía aceite de oliva, y revisaba el horno, y botaba en la basura orgánica las cáscaras, sentía las pinzas de un texto brotar entre hojas. Blancas o verdes, qué importa.

 

Unjum, sí, la certeza: la escritora no necesariamente publica, su naturaleza se la otorga el vivir atenta, vulnerable, abierta, andando por dentro. Ahora me ha llevado a ayudarles a otras mujeres -con hijos o sin ellos, que trabajan fuera o no lo hacen, e igual se emplean a fondo con la limpieza, la compra, la cocinada, la lavada, o con la llevadera de crías de aquí para allá como los marsupiales pero en carro-, a recuperar su derecho a escribir. Y que está bien publicar o no hacerlo, que está bien tener hijos o no tenerlos, una gran carcajada se esparce en las nubes cambiantes y me dicen que todo pesa igual en este mundo de los fenómenos ilusorios.

 

 

Que ya me debo levantar de aquí para que no se atrase el almuerzo -me falta licuar la limonada con yerbabuena e improvisar una vinagreta-, y me apuro a terminar el tecleo.

 

 

La dicha radica en el momento presente donde das y das y das y das a los demás esa tu dicha de estar presente, y qué importa si tuve hijos y escribí menos, si no tuve hijos y escribí más: sigo escribiendo por dentro.

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