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Guía de Perdiz: Tomasito el volcánico. COLUMNA DE AURELIA DOBLES.

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Tomasito el volcánico

 

Guía de Perdiz / Columna de Aurelia Dobles

 

 

Ande que te ande que te ande, Tomasito dijo a subir una montaña. Al cabo llegó al cucurucho y con alegría plantó su piecillo en la cumbre pero, en una que va y otra que lo puso, la cima se le desbarató y Tomasito resbaló y se cayó por un hueco negro dando vueltas en el aire… Pero no tuvo miedo.”

 

Tomasito no se asusta, pues es la versión de una de las dos niñas que atendían el cuento y ellas, al parecer, solo al parecer, eran muy distintas…

 

 

Ximena y Valentina empijamadas una al lado de la otra escuchaban atentas ese cuento exclusivo para ellas: su papá se lo iba inventando una noche sí y otra tal vez y otra quizás ya no y a los días, otra vez sí. De modo que el cuento surgía con variaciones.

 

_¡No, papá, no, así no era!– exclamaba una de ellas sacudiéndole la manga -, ¿verdad?- se volteaba a buscar el apoyo de su hermana casi gemela.

 

Y papá se tocaba la frente y escondía una risilla en el bigote. El cuento para ellas era de aire, tan volátil, cambiaba en esas noches de regalo cuando él aterrizaba entre sus dos lechos y se quedaba un gran rato tejiéndoles el cuento del chiquillo aventurero que se cayó dentro de un volcán.

 

Y principiaban Ximena y Valentina a enmendar detalles que el papá narrador había olvidado o variado.

 

Amitas y señoras de un cuento que no figuraba ni figuraría en ningún libro: destinatarias únicas y privilegiadas a las cuales les era permitido corregirlo. Su padre ya publicaba cuentos y novelas en libros que ellas abrían analfabetas sin entender los insectillos negros que bailaban en praderas blancas entre solapas de cartulina. Y así, tan chiquitillas, su papá las invitó un día a dibujar una lancha navegando en el río de una novelasuya. Se esbozaron así sus primeras diferencias: una dibujó un barco redondo y firme sobre aguas espesas, y la otra una piragua liviana río abajo.

 

 

Tomasito se levantó de la caída y se sacudió de encima un montón de ceniza… Se dio cuenta de que no le faltaba el aire y siguió entonces ande que te ande por dentro del volcán… Hasta que…”

 

_ ¡No papá, así no era, acuérdese, qué papá más…, así no era!…- de nuevo se atrevía a protestar una de las dos.

 

 

Valentina y Ximena dueñas de aquel cuento personal, no del tiempo de él ni de sus batallas ni de sus otras alegrías, en un ir y venir que se les escapaba o volvía para contarles su cuento de aire.

 

Tomasito empezó a caminar y vio una luz rara que entraba por el cono abierto dejando por todas partes un paisaje color naranja y…”

 

_¡Nooo, era amarillo!

 

_¡Noooo, tonta: café…!

 

 

Tomasito el volcánico crecería en muchas versiones, infinitas versiones como los recuerdos de las dos niñas en el futuro, un cuento distinto para cada ella, como distintas quisieron ser la una de la otra: rubia, blanca y de ojos azulgrises la una; de colochos negros y ojos como bolinchas oscuras la otra.

 

 

“En aquel paisaje volcánico, de piedras y lava seca...”

 

_ ¿Tomasito no se quemaba, papá?

 

_ ¿No le ardían los pies?

 

Al principio pegaba brincos para no quemarse, como ustedes dos en la playa a mediodía, ¿se acuerdan?, y después Tomasito se acostumbró y ande que te ande empezó a ver que por ahí vivía gente…”

 

_ ¿Cómo podían vivir ahí?

 

_ ¿Cómo eran los volcánicos?

 

_ Pérense, pérense, chiquitas… “Tomasito vio que los techos de las casas de allí estaban de cabeza y pegaban en el suelo, y la puerta principal quedaba patas arriba en el techo…”

 

_ ¡Ah no, así no es, papá! – volvían a protestar las chiquillas, que tenían once meses de diferencia, ese mes faltante que las hacía presumir de la misma edad 15 días al año.

 

Al principio, en los tiempos de Tomasito el volcánico, ambas transcurrían juntas agarradas de la mano. Abrazaban al padre en el cuento, a las gallinas con nombres propios en el patio de la casa; la una liberaba pájaros de la jaula del corredor y la otra escribía poemas a Juan Santamaría en una pizarra. Valentina y Ximena.

 

Tomasito empezó a toparse a las gentes que vivían dentro del volcán y él, que nunca se asustaba, comenzó a inquietarse pues toda la gente allí andaba al revés: caminaban de manos, hablaban y comían por el culito y lo miraban con sus ojos allá abajo muy extrañados, a él, que era tan derecho pero allí aparecía tan al revés de todos…”

 

 

Al fin las dejaba papá soñando con su cuento y se iba despacito a reposar junto a mamá, o se quedaba palmoteándoles la cobija cuando una de ellas lloraba porque se había portado mal y él la tranquilizaba hasta que se dormía. ¿Era Valentina? ¿Era Ximena?

 

Las chiquitas jugaban a construir nidos por toda la casa y en los árboles del patio, o escondites con libros en las esquinas de la sala, o tiendas de campaña con las cortinas sobre la mesa del comedor, o hacían trenes con las sillas, o se disfrazaban de “Fascinantes” con las batas de la hermana mayor, el labial rojo de mamá y escarmenándose el pelo en un moño alto; como maría-antonietas pintarrajeadas se sentaban entonces a hacer señorío en los sillones, donde no dejaban que nadie más se sentara pues allí tenían de visita a su amigo invisible y podían aplastarlo.

 

Cuando papá tardaba por la noche y mamá comenzaba a latiguear la oscuridad con sus focos de angustia, ambas jugaban a contarse los preámbulos de sus sueños, esos que se presentan en duermevela, un espacio lleno de imágenes en colores: “yo veo veo un gallo que voló y se convirtió en el árbol de mango del patio…

 

Yo veo veo la cortina llena de luciérnagas… Yo veo veo la ventana que se abre y mi cama se va en un avión…”, hasta que sus imágenes se entremezclaban y soñaban lo mismo o parecido y se dormían con las piernas colgando fuera de la cama, venía mamá y las arropaba chasqueando los labios y, tal vez, con suerte, él, sin olor, él, sin tambalearse, les llevaría a Tomasito para que las acompañara. De lo contrario, tal vez escucharían desde sus lechos hasta la madrugada el sonido agridulce y al mismo tiempo amado -significaba que ahí estaba, que él había vuelto- de Beethoven, Bach, Vivaldi, Schubert, Atahualpa Yupanqui, Gardel en discos voladores por el jardín.

 

Valentina y Ximena crecieron sin Tomasito y quisieron diferenciarse aún más: a la una se le pegó la sonrisa y a la otra el ceño fruncido, a la una la melancolía y a la hermana la esperanza. Duales. La tecla negra y la blanca, a veces, o la tecla blanca y la negra, y viceversa.

 

 

Tomasito sobrevivió con su nombre tatuado, invariable, aunque sus aventuras no lo fueron. Habrá para ambas hermanas varios Tomasitos en el camino: unos se fueron, otros se quedaron, algunos murieron, volverán a verse en versiones de otras dimensiones, el cuento no ha terminado.

 

Tal vez su padre lo dejó a medio palo y volverán a retomarlo para que ellas recreen sus detalles… Él sigue acurrucándose en la punta de sus sueños a escanciarles su relato, el que es solo de ellas, el que se desencadena con miedo y sin miedo para cada una.

 

 

No hay tal blanca y tal oscura, son la misma: esa luna de la infancia compartida.

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