Frase

  • “En River, el protagonista es un típico analógico inadaptado que lee libros y escucha discos de vinilo. Su compañero señala una vez una pared forrada de estanterías de discos de vinilo y le dice: “¿Sabes que puedes meter toda esa música en el teléfono?”; “¿Y para qué cojones iba a hacer eso?” responde River. “Para tener más espacio”. “¿Y para qué quiero más espacio?” Esto es algo que los millenials tal vez no entiendan, pero los discos y los libros no roban espacio: una de las razones por las que queríamos tener una casa era para llenarla de discos y libros. Una de las razones por las que yo quise ganar un sueldo fue para gastármelo también en discos y libros. Supongo que son anhelos incomprensibles hoy.”

     

    Sergio del Molino, en Xpgigirey

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Guía de Perdiz: Hospital para muñecas. COLUMNA DE AURELIA DOBLES.

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Hospital para muñecas

 

Guía de Perdiz / Columna de Aurelia Dobles

 

 

La sensación le daba vueltas en la pancilla, un revoloteo de apenas alas oscuras, nada definido, inquietud que pasaba rauda como el tránsito con sus padres por las inmediaciones de los Mercaditos.

 

 

Y sin embargo lograba, antes de perder de vista la calle, preguntarle a su madre qué era lo que les hacían exactamente en ese lugar. Y la mamá que sí -que allí las curan-. -¿Y hay un doctor, y les ponen inyecciones? Entonces la niña miraba para otro lado y ya no se permitía ir más allá, hacia la imagen de ellas heridas y postradas. La risa de sus padres zanjaba el temor y no preguntaba más, porque desde luego ella no traería a las suyas allí, nunca.

 

 

¡Las cuidaba tanto! Duraba horas construyéndoles por la sala aposentos de princesas, con cajitas y frascos de perfumes de su mamá, o cambiándoles de ropa, en eso consistía todo el juego. Más bien las vigilaba para que lucieran imperturbables y modosas como adornos en su cuarto, dándoles la orden que su mamá le daba a ella: “a hacer señorío”.

 

Y ellas tan obedientes, parecían disfrutar su sobrevivencia por años como nuevas. Aunque la niña sabía que todas las noches se bajarían del estante y vendrían agradecidas a su cama a contarle sus viajes a países remotísimos mientras las soñaba.

 

 

Así que las suyas no necesitaban internarse en aquel ominoso hospital de los Mercaditos. Si acaso volvía a pasar cerca, volteaba la cabeza y se concentraba en los helados Díaz que vendían a la vuelta, aunque tampoco se detuvieran allí. Los murciélagos en el estómago se le esfumaban, quedaban en el olvido hasta que otra vez bordearan los Mercaditos.

 

 

A lo más que llegó en su infancia fue a ver a una de sus muñecas con el pelo tijereteado por una amiga, era inconcebible un daño a alguna, como esas que perdieron un brazo o una pierna y las vio tiradas en el filo del barrio, calle arriba, hacia donde las niñas también lucían descuidadas, o pintadas con pilot indeleble por un pariente, o como la que años después alguien describiría de porcelana, lanzada por los aires y quebrado sin remedio su rostro inocente. Aquellas agredidas como lo eran quizás sus dueñas, fue un asunto que intuyó más tarde.

 

Pero tampoco esas historias de horror abarcaron por completo su miedo con alas negras de la niñez: la verdadera confirmación vendría muchos años después, en el auge o decadencia global.

 

 

Allí estaba la foto: la pequeña mano de una niña siria tapa los ojos de vidrio de su muñeca en brazos; quiero decir, madrecita prematura con todo el amor innato busca sustraerle a su muñeca el dolor, el horror.

 

 

Sus pupilas vueltas espejo triste de un mundo que no ha logrado ser para criaturas inocentes.

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