Frase

  • " Los cines han desaparecido y han sido sustituidos por esas salas multiusos impersonales e intercambiables que carecen de alma. Vamos a ver una película como quien va a un hipermercado."

     

    Pedro Cuartango/Periódico El Mundo

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Coento con Celia

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Coento con Celia

 

Celia vino al mundo y las corolas no se abrían del todo a su alrededor, las bocas sí para decir qué niña tan alentada, qué parecida a su papá y que patatí, una hada madrina por aquí y que patatá, una bruja por allá y que patatús, la mecieron entre pétalos de bien y de mal mientras su mamita recién parida iba al baño en carne viva, que no había sido tan difícil, qué va. Ella nació resbalada, veloz por llegar.

 

Me cité con Celia a las 12 en punto y como buen personaje impredecible no sé si vendrá en la noche o en el día al aire libre. La intemperie inspira, el viento alborota las ideas sobre la cara, el sol en la espalda, la grava bajo las sandalias, si pudiera vendría descalza honrando ese contacto con la tierra… Celia me dirá si está dispuesta a convertirse en personaje y dejarse llevar por los meandros, desfiladeros, abismos de unas páginas en blanco sin renglones marcados.

 

“Anjá… se trató de mantenerse viva para este momento. Eso, de eso se trató todo esto, lo vivido; más bien lo sobrevivido”, sé que piensa Celia mientras se acerca. Mantenerse viva para llegar a este  momento… Mantenernos vivas las dos, acuño yo.

 

Solo que hay un desvío. Es otro día y nos reunimos para entrevistar a Carlos Monsiváis, invitado por la secta cultural del país, él tan experto en lo ampliamente popular. Observador entrenado Monsiváis pasea los ojos por los viandantes frente al Teatro Nacional, no sé si el Hotel Costa Rica será el mejor lugar para entrevistarlo, así que Celia -futuro personaje- y yo nos lo llevamos a caminar por Chepe. Ahí se entretuvo el hidalgo; nosotras dos por entonces levantábamos piropos de algunos choferes y él se divirtió con los “requiebros”, le parecían expresión popular tan graciosa, claro, antes de considerarse acoso sexual callejero. Dejemos a Monsiváis seguir descansando en paz.

 

Las dos parecíamos de otra latitud, Celia tal vez turca y yo griega, aunque en realidad éramos bien ístmicas. De fijo nos hemos encontrado en otras páginas ella -mi personaje, quiero decir- y yo, que la escribo.

 

 

Ambas leíamos por turnos a Marguerite Duras con las brújulas pretenciosas de alejarnos del canon, buscando nuestro sur femenino en el norte occidental hasta que nos perdimos un poco, aunque Celia sí llegó a escribir. Para mí el primer atisbo tal vez sea este, sobre ella.

 

Nos absorbía esa manía de querer vivir dentro de una ficción... Fue un riesgo que asumimos las dos, embebidas en el intelecto. Celia me decía que yo parecía una chica Almodóvar, y es cierto que mis aventuras distraídas surgían de vivir huyendo de la realidad. Me lo dijo mucho antes de que todas quisieran ser una chica Almodóvar, mucho antes de la canción de Sabina mata-inocencias y de aquella farsa de la visita de Almodóvar al país (Murray disfrazado), creo que fui la única en advertirles a los periodistas que era mentira, igual cayeron.

 

Después de asistir modositas y compuestas a conferencias y presentaciones de libros, nos soltábamos el moño y huíamos por el San José de discotecas al margen. Una vez no pude creerme ni yo misma: hacía piruetas por los aires en brazos de un musculoso mulato mientras Celia me miraba desde abajo con su risa ladeada. Después nos costaba un poco deshacernos de esos desconocidos para abordar el taxi y llegar a salvo a nuestras respectivas casas, que ignoraban nuestras andanzas de trasnoche.

 

 

Curiosamente salíamos ilesas aunque sin libros que mostrar, todavía.

 

 

Una de las dos no se decidía a extender esas aventuras con hombres peligrosos más allá –en realidad los de las conferencias y presentaciones de libros eran los verdaderos letales, los otros no. La memoria corporal sabía los prolegómenos, la calidez de la cercanía, el viaje por  pieles paralelas, pero también anticipaba lo que ocurriría después: la sucesión de ansiedad, espera, ilusión, temor, acecho, celos, reclamos, ah, ah, ah, puro Roland Barthes y sus Fragmentos de un discurso amoroso… Se nos ocurrió leerlo a este también, emulando a los varones lectores de nuestro entorno que no dejaban libro con cabeza.

 

 

Por eso una de nosotras se demoraba en la elección. Mucho se demoraba. El hombre solo era un mapa distinto para un viaje idéntico. Decidirse a lanzarse al abismo de una piel ajena. Todo un dilema… ¿Qué lo haría valer la pena? Ese encuentro antihigiénico de bocas y fiebres seguía una misma ruta, ¿qué razones podían ser válidas para lanzarse con este y no con aquel? Elegir, le decían algunas, es un privilegio que no todas tienen. Puede ser. A una de nosotras le significó una indecisión que desembocaría en lo mismo: en la nada.  Entretanto, Celia hasta se casó.

 

Celia quería escribir una novela de amor a base de grafittis por todos los muros de la ciudad. Sus ideas eran maravillosas. Yo mientras tanto intentaba convencer a la aldea de que detrás de mi estuche había un cerebro. Reporteaba en un periódico y tenía que aguantar dardos machos como este: “Antes de que escribieras tan públicamente pensábamos que eras tontita”. Me quedaba muda, como si hubieran sacado violentamente una alfombra de debajo de mis pies.

 

 

Paradojales, las dos nos escondíamos en una pose snob con medias caladas, ligas de encaje y tocado de visillo, disfrutando la cara de bobos frente a nuestras copas de veneno. Vivíamos presas en letras de mentira.

 

A todas nos influyó, aun sin quererlo, la estela de admiradas escritoras del siglo XX que murieron prematuras y atragantadas con el anzuelo de su propio ego. ¿Trágicas e infelices o caóticas y permisivas para ser reconocidas y que nos perdonaran la inteligencia y la belleza?

 

 

Llegó el momento de cambiar de libro y dedicarnos a crear sin dramatismos. Cesar de colocar en la vida lo que le corresponde a la literatura. No enredarnos en esos mecates para no volver a entramparnos, ni por ilusas dejarnos aniquilar.... Soltar la manía de querer vivir en una ficción del ego.

 

Es la propuesta que le tengo a Celia personaje ahora que la reencuentre y la reescriba, cuando las manecillas del reloj y nosotras entremos en la línea vertical de un tiempo precioso, que ya no estamos dispuestas a perder.

 

 

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