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Deslindes: ¿Administrar la cultura? Columna de Adriano Corrales Arias

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¿Administrar la cultura?

 

Deslindes / Columna de Adriano Corrales Arias

 

 

Luego de la toma de posesión del actual Gobierno (PAC/Coalición), un grupo de escritores , artistas y “gestores” inició una campaña crítica contra el nombramiento, mejor dicho del mantenimiento (fue el único ministerio cuya jerarca no cambió), de la nueva ministra de Cultura, para realizar una serie de propuestas de cara a una suerte de reevaluación o reforma en ese ministerio. Iniciaron un proceso participativo, de manera virtual, sobre la marcha, aprovechando, según ellos, “la energía del momento”. (Breve digresión: ahora todo es virtual, muchos activistas pretenden hacer revoluciones desde su móvil o celular).

 

Los puntos de partida de ese proceso han sido los siguientes: “1) La gestión cultural basada en instituciones que se conducen como compartimentos/estanco, debe de ser superada; 2) La gestión cultural debe de tener una base territorial para responder a las inquietudes locales y acoger y reflejar la diversidad cultural del país, para ello es fundamental articular el quehacer del ministerio con municipalidades y fortalecer las relaciones con las organizaciones culturales locales. 3) La política cultural puede y debe articularse con otras áreas de política pública, como el área educativa, el área social y el área económica”.

 

 

Nótese que el énfasis se da en la “gestión cultural”, concepto y práctica que proceden de las industrias culturales. Por demás, mucho de Perogrullo y casi nada de novedad: en gobiernos anteriores, incluida la actual ministra, el discurso ha sido muy similar. Los participantes en el foro tienen claro, eso sí, que esos planteamientos o puntos de partida son más bien “teóricos” y que llevarlos a la práctica supone sendas reformas legales y procedimentales en la institucionalidad instalada y en su forma de administrarse, pero, fundamentalmente, en la mentalidad y el confort imperantes, asunto, este último, más que peliagudo. Dicho de otro modo, se trataría de toda una “revolución cultural”.

 

Plantean, en consecuencia, los siguientes puntos como una plataforma general de lucha: 1. Conservación del patrimonio cultural tanto material como inmaterial, lo que involucra al Archivo Nacional, los museos, el Centro de Patrimonio, la Comisión Nacional de Patrimonio Cultural Inmaterial (CONAPACI) y la Comisión Nacional de Defensa del Idioma (inactiva). 2. Formación artística: Instituto Nacional de Música, Sistema Nacional de Educación Musical, Taller Nacional de Danza, Taller Nacional de Teatro, Casa del Artista. Mencionan, en el MEP, al Colegio Conservatorio de Castella, al Colegio Técnico Artístico y Cultural Felipe Pérez en Liberia y los Festivales Estudiantiles de las Artes. 3. Producción y difusión tanto artística como cultural: Orquesta Sinfónica Nacional, Coro Sinfónico Nacional, Compañía Lírica Nacional, Compañía Nacional de Teatro, Compañía Nacional de Danza, Dirección de Bandas, Dirección de Cultura, Centro de Cine, Unidad de Cultura y Economía, Teatro Nacional, Teatro Popular Melico Salazar y Centro de Producción. Incluye los fondos concursables (becas taller, PROARTES, El Fauno) y los festivales FIA y FNA. 4. Sector editorial, promoción de la lectura: Colegio de Costa Rica, Editorial Costa Rica, Sistema Nacional de Bibliotecas. 5. Conmemoración del Bicentenario de la Independencia. 6. Gestión Cultural (¡otra vez!).

 

Pretenden, a través de la conformación de grupos, elaborar un documento que finalmente sería entregado a la ministra y a “otras autoridades del Gobierno”. Como se nota, son un grupo de voluntarios altruistas que desean realizar el trabajo históricamente inacabado por la institucionalidad, permitiendo, de paso, la visibilización de algunas personalidades que bien podrían ganar réditos políticos para esta o futuras administraciones, puesto que, sí, digámoslo de una vez, acá hay quienes no se sintieron “llamados” a ocupar cargos administrativos y entonces pretenden hacerse oír a partir de una “crítica” al modelo cultural del Estado. Debo admitir que no dudo de las buenas intenciones de la mayoría de personas en dicho foro y en la Coalición Nacional por la Cultura, pero ya sabemos que de buenas intenciones está empedrado el camino hacia… el infierno.

 

Lo primero que hay que decir es que el actual Ministerio de Cultura y Juventud es un híbrido encabalgado entre el modelo difusionista de la bellas artes de la socialdemocracia liberacionista y el socialcristiano y una “nueva visión” de la cultura en un sentido más antropólogico, aunada a una visión neoliberal de la gestión artística/cultural: un verdadero ornitorrinco. Me explico: el Estado benefactor, con la contrarreforma neoliberal iniciada en los años ochenta del siglo pasado, y todavía no completada, fue desmontándose de a poco con una pugna entre el originario difusionismo socialdemócrata, la regionalización y la cogestión neoliberal. Es decir, a la par de quienes, al interior de dicho Estado, conciben la cultura como una práctica más antropólogica y nacional, perviven los que conciben la cultura como la promoción y difusión de las llamadas bellas artes y, sobre todo en la última administración liberacionista, quienes creen que hay que recortar el Estado y dejarle esas tareas a la iniciativa privada, léase, industrias culturales.

 

A lo anterior hay que agregar que, vistas las cosas en el primer mes de gestión del actual Gobierno, no nos queda duda de que su principal objetivo es finalizar la contrarreforma neoliberal enterrando de una vez por todas el Estado de Derecho Social, al constreñir sus principales funciones y privatizar sus tareas estratégicas (salud, educación, seguridad, telecomunicaciones, entre otras). Las primeras medidas para el recorte fiscal se orientan hacia el empleo público y la contención del gasto en términos de servicios; nada sobre la evasión y elusión fiscal ni el pago de intereses de la deuda, auténticos disparadores del déficit. Ello indica que Cultura también está en la mira del empequeñecimiento estatal y que no es un ministerio importante para la hacienda pública (en manos neoliberales, dicho sea de paso), a pesar de que el señor presidente sea escritor.

 

Queda claro que, para realizar reformas en ese ornitorrinco/elefantito blanco vallecentralino, habrá que arrancar otras reformas en los niveles económico y político. Dicho de otro modo, se precisa un proyecto país que defina si se trata de una verdadera “revolución cultural” o de la defensa del Estado Social de Derecho con toda la institucionalidad instalada en términos socioculturales. Lo práctico, por ahora y por obviedad, es la defensa de lo construido, es decir, de los derechos laborales de los funcionarios de cultura y de todo el Estado, así como la revitalización de este, a través del cobro real de los tributos, persiguiendo a evasores y elusores fiscales tal y como corresponde; y mantener las entidades artísticas descentralizadas con las demás instancias de promoción cultural. Porque sin cacao no hay chocolate.

 

La otra discusión serán el modelo por seguir, de acuerdo con las políticas culturales vigentes, así como las reformas legales precisas para robustecer un ministerio minimizado que hasta hoy ha sido difusionista y paternalista con “artistas” y gestores del Valle Central; acaso un poquito de folclor y turismo para las regiones periféricas. Es decir, se trata de reconceptualizar en profundidad lo que entenderemos por CULTURA, así como sus políticas y estructura administrativa, de cara a los grandes desafíos y necesidades que tiene el país, especialmente en las regiones periféricas con énfasis en las marginales, tales como las costas, las altas montañas, el norte/norte y el sur/sur. Para ello debe pensarse en una estrategia de lucha que involucre ya no solo a artistas y trabajadores de la cultura, sino también a empleados públicos en general y a trabajadores organizados. Dicha alianza deberá pasar por acuerdos con universidades públicas, educadores medios y primarios (organizaciones gremiales y colegiaturas), municipalidades, asociaciones de desarrollo comunal, casas de la cultura y grupos artísticos/culturales locales. Todo un reto para los próximos años, los cuales, sin duda serán ríspidos, aciagos.


 

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