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  • " Los mejores libros son los que te cuentan lo que ya sabías. "

     

    George Orwell

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Crepúsculo: El sofá más hermoso del mundo. Columna de Felipe Ovares.

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El sofá más hermoso del mundo

 

Sobre el sofá,

perfume de su cuerpo:

larga ausencia.

Blu Ying (1642-1699)

 

 

Crepúsculo / Columna de Felipe Ovares

 

 

Es usual toparse con desechos en los pasillos de la Universidad. Me refiero principalmente a activos inactivos: un antiguo estante que alguna vez le dio cabida a libros gloriosos, manuscritos olvidados. Postales de algún viaje financiado por la benemérita, algún recuerdo invaluable. Una rosa desecha por el viento. Un papel viejo con unos haikus mal habidos. Un libro autografiado por un autor desconocido. Una tesis apócrifa. Un cuaderno con apuntes del Libro de Daniel en arameo. Una agenda con citas prohibidas. Una fotografía en sepia de Albert Einstein con una frase memorable. Un tomo ajado de Coelho, con dedicatoria temblorosa.

 

Como ese pobre estante he visto varios. Pero también he visto teclados amarillos, monitores, sillas de todas las clases sociales, escritorios, archivadores. Hace unos meses rescatamos, con la complicidad de mi querido amigo Carlos Rodríguez, una vitrina a la cual le devolvimos la vida. Estaba, llevando agua y sol, al costado de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Recuerdo el “chapulín” abandonado allá por el OVSICORI, me hubiera encantado tenerlo en el jardín de mi casa, era, con ese cargamento de pátina que le dio el tiempo, un hermoso adorno en el lugar equivocado. No sé qué habrá sido de sus restos, desapareció hace unos meses.

 

Conservo por ahí una fotografía que me envió Rojitas, un apreciable coleccionista de desahucios. Durante muchos años usé una silla en mi oficina, en la Escuela de Informática, rescatada de la sombra de un targuá, cerca del parqueo. Inventé la leyenda de que había pertenecido al primer rector. Era una silla espléndida confeccionada en cedro amargo. También desapareció.

 

 

Debo confesar que desde hace unos días veo con asombro un sofá en uno de los pasillos de la Facultad, les juro por mis muertos más recientes que es el más espantoso del mundo, y también bajo la misma confesión me atrevo a agregar que en este país uno se puede jactar de haber visto sofás desahuciados en lugares inverosímiles. Acuérdense de mí queridos lectores, cuando tropiecen con uno por ahí. De esa basta colección, el sofá del pasillo de marras se lleva cualquier galardón. Pero ahí está, como dice la canción: “viendo pasar el tiempo”. Ignoro de dónde salió. Y tendrá su historia. Y como soy mal pensado me abstengo de imaginarla.

 

Diría que sus días de gloria se fueron, como también se fue el tapizado. Paso y lo miro de reojo, con tristeza. Le tomé un par de fotografías para descubrirle un oculto encanto: ni en esos benditos doce mega pixeles le hallé alguno. Es, honestamente, feo. No decora en absoluto. Plagiando a Homero diría: “Sofá fue”, por aquello de “Troya fue”. Siento enemistad con él. Al subir las gradas voy soñando con no verlo.

 

El destino a veces esconde sus cartas y de pronto las tira. Un dos de corazones se me antoja para dejarme con el rostro desencajado. Sucedió. Salgo de mi casa y veo un sofá esperando al camión de la basura. Luego, entrada la noche, voy bajando desde la soda de “Biolo”, doy la vuelta en el pasillo. Si levantara la vista lo vería, no lo intento. Espero la grata sorpresa de encontrarme con su ausencia. Sigo. Levantaré la vista cuando me falten cinco metros. Lo hago. Ahí sigue el adefesio. Entonces una claridad sale del servicio, es una mujer de encantos indescriptibles, no me bastaría el diccionario de los poetas modernistas para hacerle el mérito: es una diosa. Cruza hacia el sofá, se acuesta. Es la maja vestida. “Un ser divino” dice la otra canción. Me acerco.

 

Un temblor me recorre el cuerpo. Podría ser un fantasma. Me atrevo a susurrarle lo que podría ser un piropo.

 

No lo requiere: “Que preciosa se ve en ese sofá tan espantoso”. Me mira y enseguida me responde: “Me siento mal. No sé qué hubiera sido de mí si este sofá no estuviera aquí”. Apechugo la puñalada y le pregunto: “¿Puedo hacer algo por usted?”. Su respuesta, aunque es dulce y sencilla, es definitiva: “No, gracias”. Huyo de la escena por las escaleras. Llego, agitado al final del pasillo, doy la vuelta y me encuentro con un colega de la Escuela de Química. Le cuento y casi lo obligo a que suba inmediatamente. Va y viene en un momento. “Ahí no hay nadie. Solo ese horrible sofá”.

 

Hoy volví a pasar. Nada de aquel verso de Homero: ahí sigue incólume. Ahora sé que es el sofá más hermoso del mundo. El más dichoso. Nos une cierta complicidad. Deseo que siga siendo un activo por mucho tiempo. ¿Y la dama? No sé si fue o no fue. No la volví a ver.

 

 

 

Felipe Ovares Barquero

 

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