Frase

  • He visto las cosas enviadas al rey desde la nueva tierra del sol. En todos los días de mi vida, no he visto nada que regocije mi corazón tanto como estas cosas, pues en ellas vi obras de arte, que me hicieron asombrarme ante el sutil ingenio de los pueblos de esas tierras extrañas.

     

    Alberto Durero, 1520

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Crepúsculo: El pescador de Wagenia. Columna de Felipe Ovares.

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El pescador de Wagenia

 

Crepúsculo / Columna de Felipe Ovares

 

 

Lluvia de flores, 

un cuervo busca en vano

su nido.

Matsuo Bashō (1644-1694)

 

 

Quizá debido al capricho de algún geógrafo nacido en las antípodas, el río Lualaba pasa a llamarse Congo en la parte baja de las cataratas Wagenia, también conocidas como Boyoma. Ahí, en esas aguas agrestes, los pescadores se juegan la vida entre los rápidos. Lo hacen con unas redes artesanales fabricadas con madera, similares a embudos gigantes. Las cuelgan de andamios construidos con bambú sobre el río. Algunos peces, al bajar, quedan atrapados en esas trampas. Y pasan a formar parte del sustento de la tribu Wagenia. Es un trabajo arduo. Ellos lo saben. Así lo llevan a cabo desde hace más de doscientos años. La tribu vive, para ciertos trámites, desvinculada de la autoridad de la ciudad de Kisangani, en cuyas riveras faena cada día esta gente única y valiente. Los escasos turistas que se acercan hasta sus pobres estancias, para llevarse una hermosa fotografía, se encuentran con el intransigente jefe de la tribu que les cobra por el decorado de sus protegidos. Si algún día ven una imagen de los pescadores de Wagenia, sabrán que alguien pagó por la diligencia. Son, como diría mi abuela, gente de pocas pulgas y así lo anotó en su diario el explorador británico Henry Morton Stanley, cuando pasó por esas aguas en 1877.

 

Teníamos en la Escuela de Tic's y tal una espléndida imagen de un pescador de los rápidos de Wagenia en pleno oficio. Era un papel microperforado pegado en una de las grandes ventanas de un cuarto donde reside la parafernalia que controla la alicaída Internet institucional. Es una estancia con ínfulas de pecera hipermoderna. La imagen del pescador era parte de una colección colocada por la empresa china Huawei. Y ese detalle azuzó la soberbia de un desubicado.

 

Me gustaba esa imagen por varias razones, era un hombre valiente trabajando sin añorar aguinaldo, ni salario escolar, sin asociación solidarista, sin sindicato, sin pluses. Su rostro y sus brazos tallados por el tiempo y las circunstancias sobresalían entre las redes y la furia de los rápidos. Era una fotografía generosa. Pasaba cada día y le echaba una ojeada larga, cómplice y respetuosa. Ese hombre, además, me recordaba a otro de temple similar, un viejo amigo de mi familia. En aquel tiempo yo era niño y aún recuerdo su rostro y los brazos fuertes y morenos de Ramón Luis Puntería, cuando regresaba en las tardes del cafetal de mi tía abuela. Un día malo y triste, a Ramón Luis otro desubicado lo borró para siempre de la vida. Esa imagen del pescador de Wagenia me traía ese recuerdo. La última vez que vi a Puntería fue asomándose por la ventana del costado este de mi casa. Complicidad de ventanas, diría.

 

Mirando la imagen del ventanal de la Escuela, cierto día, se me ocurrió averiguar el nombre de ese pescador. A veces uno se aventura en divagaciones disruptivas. Busqué varias veces información, en páginas de Internet de la ciudad de Kisangani, que me diera un empujón. No fue fácil. Sin embargo, tuve la suerte de hallar una ONG en la cual laboraba una española. Le conté mi historia y me ofreció su ayuda. Le envié la fotografía del pescador de Wagenia y algunas semanas después, cuando ya estaban sepultados mis deseos, me envió un mensaje, por medio del Whatsapp, “El pescador está vivo, está bien y sale a faenar cada día. Y por supuesto tiene un nombre: Dzon Mboungou. PD. Se le dibujó una sonrisa ancha, blanca y sincera cuando le conté que en un lejano país, en una universidad, tenían una enorme fotografía de él”. 

 

Hace unos días me escribió otro mensaje: “Dzon quiere una fotografía donde estéis junto a la imagen”.

Para la mañana siguiente me vestí para la ocasión, quería una fotografía donde diera una buena impresión para enviarla al centro de África, a mi desconocido amigo Mboungou. Sorpresa, la imagen estaba destruida. Un antisocial se encargó, en pocos días, de hacerle un enorme agujero donde estaba el pescador. Pregunté, a varias personas, increíblemente todas sabían quién era el destructor. Me sentí triste, desolado y perplejo. No hallé una sola respuesta a un hecho tan irrespetuoso, tan bajo, tan vil. Sigo ignorando si existirá una razón para aventurarse en la desdichada tarea de destruir una fotografía tan hermosa, tan única, tan representativa del coraje humano. Dzon Mboungou dejó de ser un buen ejemplo para los cientos de estudiantes que pasan cada día frente al ventanal. Sentado frente a la imagen violentada, con un nudo en la garganta, no hallé palabras para contarle a la española de Kisangani lo sucedido en una universidad. No sé cómo explicarle que el soberbio fue un “profesor”.

 

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