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Crepúsculo: Informática aplicada. COLUMNA DE FELIPE OVARES.

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Informática aplicada

 

Crepúsculo / Columna de Felipe Ovares

 

 

Empezó con un árbol. Una estructura de datos elegante y que resuelve infinidad de problemas. Me gustan los árboles binarios y otros algo más elaborados llamados árboles B+. Era un antojo de tiempos lejanos, de cuando aún tenía esos parientes, que siempre nos parecieron viejos, vivos. Y podía consultarles. Pero dejé al implacable tiempo la tarea de borrarlos y así se esfumaron mis respuestas. El antojo de hacer un árbol genealógico se acomodó en el olvido con la pérdida de esas personas. Desempolvé la idea años después. Alguien me recomendó el servicio proporcionado por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días: Family Search. Es una excelente base de datos con la cual pude “crear” mi árbol genealógico. El servicio, en general, brindado por este sitio es de gran ayuda para la sociedad. Y también lo fue para escribir la segunda parte de mi libro.

 

Por supuesto que les debo una explicación con respecto al título. La tiene. Soy ingeniero en Computación y profesor en la Universidad, pero escribo libros que no son de computación y también gané el primer certamen nacional de Poesía Haiku y en Costa Rica, un país extraño y diminuto, mucha gente, colegas incluidos, no comprenden mi desliz. Creen, tendrán sus argumentos, que debería escribir libros de Informática. Explico en este texto por qué mi libro “Tragedia en el Virilla 1926” es el resultado de una larga investigación de algo más de cinco años, imposible de realizar sin la colaboración de varias herramientas informáticas. Es, sin duda, un libro de Informática aplicada. Para entender el detalle se debe leer e imaginar el sustento que lo hizo posible.

 

Para crear el árbol utilicé al inicio una hoja de Excel, me daba muchas comodidades. En algunas ramas logré llegar hasta los primeros colonos que se establecieron en Cartago durante el siglo XVII y en otras crucé al otro lado del océano Atlántico, a España e Italia. Fue un ejercicio divertido, aunque no acaba nunca. Es una trama cíclica, infinita o inalcanzable: se abandona y se retoma. Finalizarlo implicaría llegar a Adán y Eva, al paraíso bíblico.

 

Se descubren secretos bien guardados, por ejemplo, un bisabuelo que nadie sabía que se había casado, luego de enviudar, con una joven con cual tuvo dos hijos.

 

 

Esos documentos, desvelan secretos y agregan nodos en los árboles genealógicos, los compró La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a la Curia Metropolitana hace muchos años. Los micro-filmaron y los enviaron a un recinto construido en 1965 entre las rocas en Granite Mountain en Little Cottonwood, Utah (EE. UU.) y allí los han ido introduciendo en la base de datos. Es un trabajo arduo, requiere miles de horas. Lo siguen haciendo y el contenido de la base de datos se enriquece cada día. Por supuesto que conocen el tesoro y quizá a eso se deba el búnker donde los resguardan. Lo extraño es que aún no tengan un congreso anual donde los investigadores se reúnan para contar las experiencias de sus trabajos.

 

En ese ir y venir husmeando las actas de nacimiento, matrimonio y de defunción pasé por los libros de Santo Domingo, Heredia, Grecia, San Ramón, Tibás, San Pedro de Montes de Oca, Desamparados, Cartago y Guadalupe. Esos lugares que crearon ramas en mi árbol genealógico. En algún momento le tocó el turno al libro de las defunciones de Alajuela, procurando hallar información de una tatarabuela y estando allí sentí la curiosidad de investigar los difuntos de “La Tragedia del Virilla”. En aquel momento ya me consideraba un experto con la base de datos de los mormones. Hice una búsqueda procurando acercarme a los inicios del año 1926, La Tragedia del Virilla sucedió el 14 de marzo de 1926. Lo logré. Encontré, en páginas consecutivas, el registro de la ceremonia del funeral más grande celebrado en la historia de Costa Rica. Varias decenas de fallecidos.

 

Ese triste, largo e inolvidable lunes 15 de marzo de 1926, el cura de Alajuela Eustaquio Toribio Jafet Jiménez y Morales anotó, con mano temblorosa, más de cien difuntos. Los coloqué en una hoja de Excel ignorando el motivo final del trámite. Ordené los registros por apellidos y empecé a descubrir vínculos familiares, principalmente hermanos. La “hoja” creció con más difuntos hallados, varios días después, en el mismo libro. Encontré “más” en el libro de defunciones de Heredia. Para cada uno hice una investigación en la base de datos de Family Search, padres, abuelos, padrinos, fechas y curas. Surgieron más vínculos familiares. Continuará.

 

Hasta ese momento era una base de datos de las víctimas, sin embargo, quería ampliarla con heridos y viajeros del tren fatídico. Sucedieron dos eventos que le dieron un giro interesante a la investigación, el árbol genealógico había regresado al estado de abandono. Margarita Rojas, una amable colega de la Universidad Nacional, propició el primer evento, me contactó con una funcionaria de la Biblioteca Nacional que me dejó ingresar a pesar de que estaba cerrada por reparaciones de la instalación eléctrica. Me consiguió los periódicos de la época. Hice cuatro o cinco visitas para hacer anotaciones y tomar fotografías de los periódicos. En la primera visita descubrí que el asunto había superado el trámite inicial de una “hoja” sin motivo para darle espacio a un posible libro. Además, esa visita fue una ceremonia, ignoro por qué lo hice así, decidí que haría el viaje a la biblioteca en tren, por la misma ruta del accidentado “Rápido”. Lo tomé en la estación de Heredia, así lo hicieron varios cientos de heredianos aquella lejana mañana del 14 de marzo de 1926, para allá no tenía claro el objetivo del viaje. Regresé con la idea de escribir un libro. Mediante la lectura de los periódicos agregué muchos nuevos viajeros en la base de datos. Volví a Family Search para completar la información de los nuevos registros. La cantidad superó los trescientos viajeros. Vino entonces el segundo evento, mi estimable amigo Sergio Ramírez Barquero, primo lejano, me obsequió una lista con muertos y heridos de La Tragedia del Virilla, muchos de los heridos no estaban en mis registros. Vino otro largo y minucioso estudio en el sitio de Family Search. Sergio también me sugirió visitar el Archivo Nacional.

 

 

Visité el Archivo Nacional en unas diez ocasiones. En las primeras dos mañanas encontré algunos datos pertenecientes a los archivos de Northern Railway Company. No era lo que buscaba. Eran pequeños aportes. En la tercera visita encontré el filón: un documento con decenas de declaraciones de los viajeros. De poco más de mil pasajeros del tren de Monseñor Claudio María Volio Jiménez, mi base de datos subió a casi setecientos cincuenta. Regresé a Family Search. Necesitaba completar la información de unas trescientas personas. El documento me permitió agregar, en muchos casos, el vagón en el cual viajaba el declarante, el monto de las indemnizaciones pagadas por la compañía. Cuando finalicé la exploración en Family Search tenía en mi computadora más de cuatro mil quinientos documentos de nacimientos, matrimonios y defunciones.

 

 

Con el Excel pude colorear las casillas de los familiares cercanos. Hacer líneas para vincular primos, nietos, suegros, abuelos. Colorear los números de los vagones. Era en aquel tiempo una necesidad visual para facilitar la documentación de las familias.

 

Excel llegó al límite. Pasé la información a MySQL y con la ayuda de la programación en PHP pronto imité casi todo lo que tenía en Excel. Calculé con gran facilidad las edades de los viajeros. Fue también sencillo colorear los datos que quise. Sin duda lo más interesante fue que PHP me permitió generar una serie de “predicados” para usar en un lenguaje de programación llamado Prolog, muy cercano a la Inteligencia Artificial Ese simple paso, más la programación de los vínculos familiares, me ayudó a verificar los vínculos documentados, efectivamente, eran correctos. También, reveló algunos nuevos que habían escapado al escrutinio realizado en Excel.

 

 

En algún momento el libro se hizo grande, demasiado para sortear los trámites de la editorial. Lo recorté para evitar sobrepasar la abrumadora cantidad de las quinientas páginas. Honestamente, tuve que decir: BASTA. Ese día lo abandoné, me lo quité de las manos y lo sometí a la burocracia de la Editorial. Me quedaron varios antojos, por ejemplo, identificar a la mayor cantidad posible de pasajeros en los vagones, era otra aventura ardua y lenta que empecé y sigue avanzando, se requiere algo de programación para establecer las relaciones. Me quedó el antojo de superar los mil pasajeros para acercarme a la cantidad total de viajeros del tren. No es fácil y podría ser especulativo, pero tiene su morbo y su encanto. Es necesario regresar a la base de datos de Family Search y releer las declaraciones de los pasajeros y los diarios de la época. Tendría que reconstruir los predicados y ejecutar las reglas en Prolog otra vez. Quizá en el futuro Family Search tenga más información para conseguir los nombres de los padres de todos los viajeros o se abra la posibilidad de hacer la investigación en los archivos del Registro Civil o de la Curia Metropolitana. Me quedó el antojo de agregar más información acerca de la máquina del tren construida en Pennsylvania por la desaparecida empresa Baldwin Locomotive Works. Aunque logré localizar la ficha de construcción de la locomotora en una universidad de Texas que conserva parte de los archivos de Baldwin, no agregué esa información. A pesar de la intensa búsqueda en el Archivo Nacional no hallé las fotografías que quería incluir en el libro. Creo haberlas localizado en San Joaquín de Flores.

 

No tengo dudas, mi libro “Tragedia en el Virilla 1926” es el resultado de la Informática aplicada.

 

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