Frase

  • " Los cines han desaparecido y han sido sustituidos por esas salas multiusos impersonales e intercambiables que carecen de alma. Vamos a ver una película como quien va a un hipermercado."

     

    Pedro Cuartango/Periódico El Mundo

créditos

Banner_izquierdo

Contador de visitas

Libros prohibidos

Tamaño letra:

 

Libros prohibidos

 

Mellizos tus dos pechos de gacela

paciendo entre azucenas

Cantar de los Cantares, IV, 1-5

 

La tarea de prohibir libros no es nueva, ni la inventó una federación de imberbes, ni la secundó otras doctas autoridades. Tiene muchas manos y muchos ojos y viene de tiempos lejanos. Tampoco es nuevo que tales gestas se horneen en una Universidad.

 

No habían pasado unos meses desde la publicación del primer libro, tarea gloriosa hecha por el “inventor de la prensa de imprenta con tipos móviles moderna (hacia 1440)” Johannes Gutenberg, cuando los religiosos vieron que aquello no era tan bueno como se pregonaba a los cuatro vientos. No habían caído cincuenta calendarios cuando los reyes, los obispos y el papa decidieron que cierta literatura no era buena para el pueblo. En 1512, durante la celebración del Concilio de Letrán V, se gestó la prohibición de ciertos volúmenes.  Ahí el papa León X, hijo de Lorenzo de Médici, el Magnífico, estableció la censura previa, y eso olía a chamusquina. Luego, Carlos V, que era muy chiva, véanse pinturas en Internet, le pidió a la Universidad de Lovaina la indecorosa tarea de confeccionar una lista de libros para prohibir. El trabajo se publicó en 1546.

 

Sin embargo, cuatros años antes, en 1542, la Universidad de la Sorbona de París había publicado su lista. Queda claro que el trámite ha visto pasar mucha agua bajos los puentes del Sena, y también del modesto Pirro.

 

¿Y qué prohibían las doctas autoridades universitarias, religiosas, imperiales y reales? Ya lo mencioné, lo que la plebe no ocupaba saber. Le pasaron la divina guadaña a la obra completa del pobre François Rabelais que era un hombre bueno. Sin embargo, los clérigos no vieron bien su humor escatológico en las andanzas de los dos gigantes Gargantúa y su hijo Pantagruel. Al oscuro cura polaco Nicolás Copérnico, lo enlistaron, por formular la teoría heliocéntrica del sistema solar, inventada, muchos siglos antes, por otro amante de los cielos nocturnos: Aristarco de Samos. A Giordano Bruno, un dominico italiano, lo enviaron al más allá desde una hoguera encendida en el Campo de Fiori en Roma, por la herejía de escribir blasfemias, según los inquisidores. La lista es larga, sombría y ridícula. El Index librorum prohibitorum de la Iglesia Católica incluyó al Pequeño Larousse en alguna de sus constantes ediciones. Terrible crueldad. Yo tenía diez años y amaba ese diccionario, que no era tan pequeño. En aquellos años era tan importante como tener ahora una tablet con Internet de primer mundo.

 

En tiempos de Napoleón III, se prohibió en Francia “Las Flores del mal”, un poemario de Charles Baudelaire publicado en 1857, en 1861 salió la segunda edición sin los poemas censurados. Ese cerrojo se extendió hasta 1949. Curiosamente algunos de los poemas de Baudelaire tienen más recato que el superlativo Cantar de los Cantares de la Biblia. Recuerdo que me encantaba leer en la segunda banca de la Basílica de Santo Domingo, cuando asistía a las clases de Catecismo con el padre Sobrino, los poemas del Cantar de los Cantares. En un par de ocasiones el cura me jaló el aire por leer cosas que un niño no debería. Y tal.

 

A más de algún iluminado exégeta no le temblaría la mano para echarle tijera al Cantar de los Cantares. Tarea complicada debido a que pertenece, por suerte, a los libros canónicos de la Biblia.

 

Es famoso el capítulo VI del Quijote donde el cura y el barbero hacen expolio de la biblioteca del pobre caballero andante. Con la complicidad de la sobrina muchos libros acaban en la hoguera.

 

En 1933 la asociación de estudiantes nazis, dirigieron la quema de miles de libros en la plaza de la Ópera de Berlín y en otras tantas ciudades alemanas. Entre los elegidos estaba Heinrich Heine que ya había previsto ese amargo trance y escribió “Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres”. Aunque la frase no tiene enfoque de género debemos mencionar que también se quemaron libros de escritoras alemanas.

 

La chamusquina contra un libro que se dio en este vergel no es nada nuevo, sucedió y volverá a suceder. Para muestra un botón, hace unos días un trabajador universitario pidió explicaciones públicamente, alarmado por la presentación de unos anticonceptivos durante una de las tantas ferias universitarias. Si en una universidad en el siglo XXI una estudiante no tiene criterio para tales decisiones, dónde la tendrá. Ni en un convento se produce tal desaguisado. Así estamos. No nos alarmemos. No habrá toma de edificios por asuntos tan baladíes.

 

This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

Share
Footer.png