Frase

  • " Los cines han desaparecido y han sido sustituidos por esas salas multiusos impersonales e intercambiables que carecen de alma. Vamos a ver una película como quien va a un hipermercado."

     

    Pedro Cuartango/Periódico El Mundo

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Suplemento 126

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EL VALOR DEL LIBRO, O EL TRABAJO DE UN ESCRITOR

 

 

            Un colega universitario, muy interesado, me solicitó mis últimas dos publicaciones: una novela y mis primeras obras teatrales publicadas. Con marcado optimismo se las llevé y entregué. Los tomó, me ofreció su mano, me agradeció el gesto, se dio media vuelta y se marchó. Me quedé atónito, esperando al menos que me preguntara por el precio; dicho sea de paso, pensaba dejárselos a precio de costo.

 

            Mi colega es actor y director teatral. Pensé entonces que si le solicitaba dos entradas para su próximo espectáculo, o si me dirigía a la boletería, a menos que fuesen de cortesía, obviamente no me las regalaría. Se sobreentiende que si solicito dos entradas para un espectáculo debo pagarlas. Lo mismo sucede con un concierto o con el cine. Me imagino, por ejemplo, pidiendo dos cuadros, serigrafías o esculturas, a un artista visual; y que ese artista, considerado con mi pedido, me las lleva a casa donde yo le extendería la mano y le daría las gracias infinitamente. ¿Lo imaginan ustedes?

 

            Trato de decir que generalmente se considera el trabajo de un escritor como no remunerable. Un escritor no es un profesional. En ninguna universidad del mundo gradúan escritores, mucho menos poetas. Pero sí pintores, músicos, actores, bailarines, escultores, cineastas, hasta productores, o lo que la industria cultural llama pomposamente “gestores”… Y nunca se publica un cartel solicitando el trabajo de un escritor o un poeta. A no ser vía telefónica o mensaje para un “trabajo negro” (escritura para otro escritor, generalmente reconocido por el mercado y/o el canon), para algo seudo periodístico o publicitario. Mucho menos en una universidad.

 

            Otro colega, fallecido recientemente, alguna vez se dejó decir que a mí me pagaban para escribir. ¡Qué maravilla! ¡Se imaginan que a uno le paguen para escribir! Pero no, en mis labores universitarias, además de preparar e impartir lecciones y atender estudiantes, realizo tareas de extensión e investigación y asisto puntualmente a los cada vez más burocráticos y traumáticos consejos de escuela, de centro o de Sede, o a reuniones de comisiones, de unidad y otras lindezas. Y llego a mi casa bastante agotado para liberarme, al fin, frente al teclado o ante un buen texto literario o ensayístico. En los últimos años, dado que mi energía ya no es la misma, estoy tratando de acostarme temprano para madrugar y escribir un par de horas, hacer ejercicio, desayunar y luego marcharme al yugo académico.

           

            Pero eso no es todo. Por decisión personal y debido a amargas experiencias con editoriales del estado o universitarias, decidí autopublicarme o realizar coediciones con editoriales pequeñas y amistosas. Dicho de otra manera, financio mis publicaciones y nunca recupero el dinero invertido precisamente porque las acciones de mi colega dramaturgo (se me olvidaba decir que además de actor y director es dramaturgo, lo que, paradójicamente no le ha inculcado el valor material de un libro) son recurrentes entre amigos y conocidos. Muchas librerías o puestos de ventas de libros donde he dejado textos míos en consignación no se dignan siquiera en llamar, entonces pierdo el dinero y el interés. Al final solo me he quedado con un buen librero (Libro de Arena) y con la Librería de la UCR, porque son los únicos que, mensualmente, me llaman para ver cómo van las “ventas”.

 

            Sirva esta columna no como un reclamo o un desahogo, sino más bien como una exposición de lo que sucede en el mundillo literario y librero de un país pequeño y tacaño para la cultura como el nuestro. País que, increíblemente, produce el sesenta por ciento de la producción editorial en Centroamérica, misma que está embodegada en las principales editoriales del país. Porque también se me olvidaba decir que las librerías del estado y las universitarias no promocionan ni distribuyen el libro. Muchas de las pequeñas y alternativas tampoco. Y las grandes librerías no “reciben material” de autores nacionales, salvo serias y consabidas transacciones. (Esto en San José, porque en provincia, salvo extraordinarias excepciones, no hay librerías: las “librerías” son bazares o ventas de útiles escolares y otras chucherías). De tal modo que el escritor termina promocionando sus textos, presentándolos, vendiéndolos (léase “regalándolos”) por todo el país, todo ello con sus propios recursos.

 

 

            He ahí el valor de un libro de autor nacional y el valor del trabajo literario en una Costa Rica dolarizada y encarecida por el turismo masivo transnacional; cruzada, además, por una crisis estructural que potencia la corrupción, la vil mercadotecnia (perdón, se me olvidaba decir que mucho de lo que se vende y premia como literatura es pura mercadotecnia, pero eso ya es tema para otra columna), el discurso único, la narcopolítica y la privatización de lo público/social, es decir, del otrora Estado Benefactor. Y sin que nadie proteste, porque acá eso se ha criminalizado y no existe la oposición. 

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