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La reivindicación del Movimiento Indígena en Guatemala. Anna van der Hansz Rescia1. Suplemento 80

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La región centroamericana expresa un espaio de diversidad cultural y étnica que muy pocas veces o de manera muyu parcial ha sido reconocida por los Estados-nación, los ccuales construyeron gradualmente la imagen de una sociedad fundamentalmente "blanqueada" o mertiza. Esto significa que estas sociedades poseen una cultura oficializada por el Estado, y por tanto es excluyente y subordinada de todo aquello que no encajara en la "normalización" que promulga y concreta en las distintas realidades. No obstante, esas culturas excluidas del proyecto estatal, esas colectividades humanas ocultadas paulatinamente han ido surgiendo, y mediante sus acciones han ido provocando modificaciones en las legislaciones, en las políticas sociales y especialmente e nlos modos en que la política oficial entiende la diferencia y la diversidad, dando así un paso hacia la comprensión del multiculturalismo y el plurietnicismo que conforma la región centroamericana.Ahora bien un claro esfuerzo de esto se presenta en Guatemala, la cual encarna un relevante caso para poder exponer ideas y refl exiones en torno a estas transformaciones y lo que significan para las demás sociedades centroamericanas.

Ahora bien, es evidente que los espacios culturales y étnicos para el ofi cialismo suponen un factor de exclusión y de regulación societal. Y esto es evidente en Guatemala, donde los habitantes indígenas de origen maya alcanzan por lo menos la mitad de la población total, manifestando un conjunto de realidades impresas de una enorme diversidad. Aun así, esta diversidad ha sido un conjunto de realidades mal conocidas y maliciosamente ocultadas por los Estados-nación de corte liberal, que históricamente se han ido confi gurando e impulsando la noción monoétnica (blanco o mestizo) en el sentido de “desindianización” y “desnegrifi cación”. De acuerdo con esta percepción la diversidad de culturas, etnias, poblaciones (como quiera llamárseles), no ha sido apreciada en sus especificidades ni en sus aportaciones en la construcción nacional, sino, que de manera inversa, ha sido estigmatizada y culpada del estancamiento del “progreso” y posteriormente del subdesarrollo de los países. Como puede captarse, los Estados-nación centroamericanos se hallan en tensión con la idea imaginaria de la nación como comunidad (Anderson, 1993), por lo que históricamente en la transición del modelo colonial hacia los procesos de independencia, se heredó y se enraizó de manera profunda en el pensamiento de los criollos una aflicción oligárquica y con esta, un sentimiento de conciencia de su diferenciación con el resto de los pobladores no criollos. Los criollos que habían heredado el poder político después de la colonia establecerían un “nosotros” excluyente (Bastos, 1998) y que por lo tanto no abarca a todas las colectividades humanas, lo que significa que no contempla la diversidad cultural y étnica que claramente se distingue en Latinoamérica.


La nación entonces se concibe en una primera fase como uniforme negando, así, la existencia de una cultura distinta a la oficial, que indudablemente es la cultura criolla. Con el pasar del tiempo, la mayoría de los países latinoamericanos se adjudican el discurso de que estas naciones son “mestizas” (o bien, una mezcla de españoles o criollos e indígenas). Esta situación manifiesta que la cultura nacional es una mezcla de ambas procedencias, aunque claro está, privilegiando el dominio y la superioridad de la blancura. Así pues, esta condición plantea un discurso de “absorber” a los indígenas, arrimándolos a la nación por medio de lo que podría denominarse “castellanización”. Y esto debido a que las poblaciones indígenas seguían siendo vistas como retrasadas y menguadas tras siglos de opresión. Asimismo, su condición de prescindidos no cambiaría y seguirían siendo vistos como racialmente inferiores y ajenos a la cultura nacional, y excluidos de las ventajas del “progreso”. Esta supuesta inferioridad en el caso guatemalteco, tendrá una función justificadora de la explotación y la sujeción de los indígenas, los cuales representan la base económica del país. De esta manera, las poblaciones indígenas han sido convertidas desde el imaginario de la ideología dominante, en colectividades sociales que estando presentes, son sometidas y supeditadas en función de los intereses del Estado y a la oligarquía.


A pesar de cómo se mire este escenario edificado entre lo oficial y lo no oficial, hay que notar que en las últimas décadas se han venido gestando una serie de cambios ideológicos (Dietz, 2003) y socioeconómicos (Adams y Bastos, 2003), que sin duda han ido cimentando un nuevo panorama. La lógica de la exclusión o de “modernizar” a los pueblos indígenas no condujo a su asimilación a las sociedades nacionales, más bien, lentamente se produjo una penetrante transformación que conduciría al reforzamiento de sus identidades étnicas. Un proceso gradual de reivindicación étnica se venía articulando en distintas colectividades que venían acrecentándose en cuanto a los niveles de organización, generando un espacio de reclamación por su reconocimiento y de esta manera, por la afirmación de la diferencia cultural y así abrir camino hacia un “emergente modelo multicultural regional” (van Cott, 1999). En el caso de Guatemala, el vínculo entre el bloque indígena y el Estado ha ido adquiriendo nuevas formas desde que los primeros comenzaran a reivindicar un trato igualitario desde hace varias décadas, conformándose como un movimiento indígena. El cual en sus primeros años (setenta) no se había perfilado hacia la cimentación de su identidad cultural, debido a que surge en momentos de insurrección generalizada en Centroamérica, la cual se enmarca por una lucha de clases específicamente. No obstante, con el pasar de los años, comenzó a vitalizarse el discurso sobre los derechos culturales, transitando de la defensa de los elementos que estaban siendo amenazados por las políticas de asimilación del Estado, pasando por la exigencia de la igualdad de oportunidades políticas dirigida hacia el concebimiento de un conjunto exclusivo de derechos acordes con los colectivos indígenas y su posición histórica y concreta en el interior de lo que hoy es el Estado (Adams y Bastos, 2003).


De esta forma y ante esta gradual y dinámica reivindicación de las poblaciones indígenas en Guatemala, surge en el contexto de la década de los noventa lo que en la actualidad se conoce como el Movimiento Maya. Este movimiento indígena desde los primeros reclamos mencionados hasta los más elaborados, tiene como base de sus exigencias la diferencia étnica, haciendo evidente la asunción colectiva de la “mayanidad”. Para mediados de los noventa se había proclamado el Año y el Decenio de los Pueblos Indígenas y el Estado guatemalteco se encontraba inmerso en las firmas del Proceso de Paz (para ponerle fin a las guerras civiles que habían afectado enormemente al país en los años anteriores), acontecimientos que sirvieron para que se lograra firmar frente a todos los pronósticos, el Acuerdo de Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas. Mediante este y otros esfuerzos, se trataría de impulsar que el Estado guatemalteco se asumiera como multicultural, pluriétnico y multilingüe. Lo que se mencionó como la exaltación del ser “maya”, significó desde este recorrido histórico la reivindicación de su identidad y su posicionamiento como comunidad.


Este acontecimiento vislumbra que la reivindicación del movimiento indígena en Guatemala, edifica un “nosotros” maya, el cual se construye en torno a una serie de componentes culturales vinculados a la diferencia. Específicamente la historia común, un idioma común (aunque con variantes lingüísticas) y una espiritualidad común, que permite el desarrollo de una idea positiva de unión dinámica, que aunque aún no se ha completado, se halla en plena propagación. Esta adscripción agrega un espacio político potentemente subversivo acerca de la condición y posición social de los indígenas y con lo que respecta a la definición de la etnicidad en Guatemala. Esto significa que en el contexto guatemalteco y tomando en cuenta lo que se ha mencionado, las demandas indígenas han tenido y tienen un potencial bastante cuestionador, y donde se percibe, con respecto a los otros países centroamericanos, un movimiento indígena con gran vitalidad y fuerza. Y esta distinción se capta en los logros que se alcanzan en las últimas dos décadas, en las cuales empiezan a surgir conceptos y procedimientos nuevos para dirigirse a la cuestión de la diferencia étnica. Concepciones como “derechos específicos”, “derechos indígenas”, “autonomía”, “pueblos”, “ciudadanía étnica”, “educación indígena”, entre muchos otros, fueron apareciendo para incorporarse, mediante luchas y esfuerzos, a los lineamientos políticos. Todo esto representa los fervores e impulsos sociopolíticos de un movimiento indígena que se está fraguando y que está forjando una ideología orientada hacia el multiculturalismo. Por tanto, la reivindicación del denominado Movimiento Maya representa toda una nueva forma de planear, concebir y enunciar la distinción étnica, teniendo una función primordial, su regulación política. Asimismo, esta nueva forma reclama una historia reelaborada desde su cosmovisión, demanda el derecho al uso de su idioma común, exigen respeto a sus formas de organización, creencias y tradiciones, finalmente reivindican todos los elementos que la cultura oficial observaba con inferioridad y que ocultaba, retomándolos como símbolos innegables y dignos de enorgullecerse, una diferenciación étnico-cultural repleta de vitalidad y de dignidad.


Del mismo modo, esta reivindicación indígena demuestra la imperfección que existe en la inacabada modernidad de estos Estados-nación, ya que es evidente que en ellos siempre ha prevalecido la marginalización y una relación de dominación. El movimiento indígena en Guatemala ha pasado de ser el problema nacional por resolver y la carga colonial que impide el desarrollo, a ser consustancial con el fenómeno de la globalización. Tanto así, que la legitimidad y extensión de los reclamos de base étnica se ha ido transformando en una de las peculiaridades del llamado posneoliberalismo, de la denominada posmodernidad y del nombrado posnacionalismo. Fenómeno que deja entrever los cambios dirigidos hacia el planteamiento de un paradigma centrado en la diversidad y esta, a su vez, tratada por el Estado. Aunado a esta situación, se observa que la reivindicación del Movimiento Maya no trata de fracturar a la nación como tal, es decir, no se trata de un movimiento separatista, sino de una movilización de colectivos en el que se plantea el tipo de nación que van a definir los guatemaltecos. No obstante, estas decisiones se ven truncadas sobre todo por la marcha atenazadora de la aplicación de las políticas neoliberales y las que están en función del fenómeno de la globalización, las cuales siguen aumentando las desigualdades sociales y se mantienen como obstáculos políticos. Esto genera tensiones que hacen que los movimientos indígenas, como en el caso guatemalteco, opten por tomar acciones enérgicas y los posicione con fuerza en una lucha perenne por la reivindicación de la identidad étnica.


Prosiguiendo con el fenómeno enmarcado alrededor de esta lucha del Movimiento Maya, se evidencia la demanda de la construcción de un país “multinacional”. Esto en el sentido de que los pueblos indígenas que yacen en territorio guatemalteco, durante el proceso de reivindicación, se dirigen más a la objeción directa al colonialismo interno, al reclamo de su “nación, como “Pueblos Mayas”, por tanto el apego de sus territorios y a la exigencia de su autonomía” (Cojtí, 1994). Sin embargo este conjunto de peticiones que configuran un modelo específico de organización política, económica y social, sigue situado en el estadio de lo imaginario, pero se encamina hacia un horizonte que pretende alcanzar un conjunto de realidades tangibles, permanentes y continuas. Para esto es importante iniciar un repensar de lo que significan, para el movimiento indígena, los “territorios indígenas” y las posibilidades de ejercer un autogobierno. Además es de gran relevancia construir sendas que cuestionen las bases de dominio, puesto que si no se solucionan los problemas que afectan a toda la sociedad, como por ejemplo la distribución de la riqueza o el acceso al poder político, no se solucionarán los problemas de las poblaciones indígenas. Igualmente se tiene que generar una lucha que impulse la existencia no solamente del Pueblo Maya, sino de todos los colectivos que poseen su historia y su cultura diferenciadas, ya que sin este reconocimiento, no podrán resolverse de igual forma los problemas que afectan a toda la sociedad.

Por otro lado, la reivindicación del movimiento indígena guatemalteco es un acercamiento al paradigma multicultural, puesto que cuestiona la aparente homogeneidad que existe en los Estados-nación. Además delibera acerca de la base estrictamente individual de los derechos universales, dejando de lado las bases mismas de la desigualdad, al seguir suponiendo implícitamente que la diferencia cultural es la que provoca la exclusión, y no la justificación por la que se ha presentado un carácter legítimo en contra de la existencia de la heterogeneidad étnico-cultural. Asimismo, este movimiento a través de su reivindicación demuestra una multiculturalidad basada en las identidades y las culturas. Componentes que se vuelven ejes de derechos y deberes políticos específicos que tienen que concretar acciones en pro de la diferencia étnica, pero también inclinarse en pro de la equidad y la justicia. Todo esto visto como el proceso de construcción del Pueblo Maya que debe tener como elemento central, la diversidad de las mismas poblaciones indígenas. Entonces requiere de la no imposición de contrastes y límites entre los mismos indígenas (Esquit, 2002). Por ello la reivindicación del movimiento indígena guatemalteco tiene que observarse en el sentido de una “nación pluricultural”, para no caer nuevamente en conjuntos excluyentes en el interior del Pueblo Maya. Además, tiene que plantearse, si la unidad identificatoria del Pueblo Maya que asume todo el movimiento, posee un planeamiento y una estrategia en función a su autoconcepción, como un proyecto multicultural de nación. En este sentido tiene que entenderse que el desarrollo de los sistemas culturales e institucionales que se cimienten a partir de las luchas y esfuerzos de las poblaciones indígenas, tienen que funcionar como medios que vivificarán la unión nacional. Con esto se quiere decir que la reivindicación indígena en Guatemala, formula una propuesta que hace el trabajo de reconocer a todos los colectivos humanos que conforman la nación, reconociendo por encima de la cultura oficial, todos sus derechos. Es de esta manera que el Movimiento Maya considera el multiculturalismo integracionista como el modelo a seguir. Así pues, las demandas y los discursos han ido variando con el paso del tiempo, y mediante este proceso se han ido consolidando formas de entender la diferencia étnica y las formas políticas de gestionarla vinculadas con el multiculturalismo.


Asimismo, la reivindicación del movimiento indígena en Guatemala es un ejemplo en cuanto a la reformulación de la variable étnica de las sociedades centroamericanas. Y esto porque pone de manifiesto la necesidad que tienen las poblaciones centroamericanas, de poner a revisión el esquema de sociedad que se ha heredado, el pacto social que coexiste en el interior de los Estados-nación y de expresar y dejar ver lo que las gentes, “desde abajo”, están experimentado. Finalmente, todos estos acontecimientos de reivindicación y las acciones que han seguido con ella, representan el desarrollo y la redefinición de la secular experiencia de la democracia local de las comunidades indígenas. Si, como sucede en Guatemala, las poblaciones indígenas mayoritarias en determinados espacios deciden poner en práctica las formas de autoridad política que se han mencionado, se estaría ante un escenario que crea un horizonte que paulatinamente se hace común a lo largo de la región. El cual estaría planteando nuevos imaginarios para el cambio social y político, redefiniendo la cuestión nacional y la democracia política vigentes. Estas complejas realidades que se presentan en Guatemala y en muchos lugares de la región, aparecen ahora como las implicaciones más profundas, las de mayor alcance y de mayor potencial conflictivo en todo lo que hoy se denomina el subcontinente latinoamericano.

 

 

1. Maestría en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional, Costa Rica.

 

Bibliografía consultada


Antología del curso: Desarrollo Regional: visión prospectiva. Compilada por el profesor Rafael Cuevas. IDELA, UNA, C.R. 2008.


Adams, R. N. y Bastos, S. Relaciones étnicas en Guatemala 1944-2000 (Antigua Guatemala, CIRMA). 2003.


Ba Tiul, Kajkoj Máximo. ¿Hacia dónde vamos como movimiento indígena? En http://boletin.fundacionequitas.org/n_individuales/IV-6.pdf


Bastos, S. Los indios, la nación y el nacionalismo, en C. Dary (comp.). La construcción de la nación y la representación ciudadana en México, Guatemala, Ecuador y Bolivia (Guatemala, FLACSO-Guatemala). 1998.


Cojtí, D., Waqi’ Q’anil. Políticas para la reivindicación de los Mayas de hoy (Fundamentos de los derechos específicos del Pueblo Maya) (Guatemala, SPEM/Cholsamaj). 1994.


Dietz, G. Multiculturalismo, interculturalidad y educación: una aproximación antropológica (Granada, Universidad de Granada). 2003. www.ugr.es


Esquit, E. Las rutas que nos ofrecen el pasado y el presente, manuscrito. 2002. (En página web).


Grigsby, William. Nuevos movimientos populares comienzan a renacer. Revista Envío Digital. (En página web). 2004.


Ordóñez Cifuentes, J. E. R. Las posturas del movimiento indígena y la cuestión étnico-nacional. La constitucionalidad del Convenio 169 de la OIT. (En página web). 1994.


Quijano, Aníbal. El movimiento indígena y las cuestiones pendientes en América Latina. En sisbib.unmsm.edu.pe/BibVirtualData/publicaciones/san_marcos/n24_2006/a01.pdf


Yagenova, Simona V. La Guatemala de la resistencia y de la esperanza: las jornadas de lucha contra el CAFTA. Revista digital OSAL. Año VI, Núm. 16, enero-abril 2005. (En página web).


Van Cott, D. (ed.). Indigenous Peoples and Democracy in Latin America (Nueva York, St. Martin Press/The Inter-American Dialogue). 1995.

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