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Música poética costaricense: un libro del músico Mario Alfagüell. Gerardo Meza S. Suplemento 18

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A raíz de un programa de música de compositores costarricenses he venido realizando análisis de obras de varios de ellos. Esta vez quiero dar a conocer mi pensamiento sobre la música de Mario Alfaro Güell (Alfagüell), aprovechando el hecho de que la Editorial Fernández Arce y el Comité de la Comisión Costarricense de Cooperación con la UNESCO publicaron una antología con composiciones y obras didácticas suyas.

Mario Alfagüell pertenece al grupo de gente nacida en ese año de ruptura de nuestra historia que es 1948. Realizó estudios de piano y composición en la Universidad de Costa Rica, obteniendo posteriormente un posgrado en Alemania. Sus años de trabajo en el Centro de Investigación, Docencia y Extensión Artística (CIDEA), específicamente en la Escuela de Música de la Universidad Nacional, lo ha llevado a obtener el grado de Catedrático. Ha sido invitado en las universidades norteamericanas de Lock Haven y Penn State y en el Campamento Internacional de Legacy.

Entre los premios recibidos están el Premio Ancora de Oro, el Premio Jorge Volio, el Premio Nacional de Música “Aquileo J. Echeverría”, y su composición Opus 15 fue seleccionada en la Tribuna Musical de América Latina y el Caribe en Río de Janeiro, Brasil, como una de las obras más representativas de la nueva producción musical de la región.

Del análisis de las composiciones de Alfagüell se puede concluir que la importancia de su producción radica, principalmente, en el hecho de que va más allá de la pura experimentación sonora, y que acerca el folclor de la canción meseteña con la música de concierto, haciendo una muy interesante amalgama. Su música es seria, intensa y dramática, a pesar de los títulos con tinte humorístico.

Algunos artistas necesitan experimentar en diferentes tendencias musicales; algunos, incluso, saltan de una manifestación artística a otra. Otros, sin embargo, se sienten satisfechos con escudriñar y dominar una sola manifestación, una sola tendencia. Este ha sido, hasta ahora, el caso de Alfagüell, lo que le ha permitido manifestar sus primeros indicios de madurez creativa.

En sus obras hay una evolución de lo tormentoso a la paz contemplativa, por lo que los finales son anticlimáxicos. Prefiere que sus obras tengan agrupaciones de dos, cinco o siete movimientos o piezas; pocas veces son de tres o cuatro.

Los Valses Op. 17 (breves, compactos, antirretóricos), utilizan la melodía infantil Los Pollitos casi en forma textual, haciendo las tres partes tradicionales de cualquier vals: melodía, acompañamiento y bajo.

De una escritura aparentemente sencilla, técnicamente nos plantea una serie de problemas de balance al ser contrapuntísticos, de matices, de desplazamiento y de interpretación porque son corrientes, que no nobles ni sentimentales. Tienen, además, un cierto aire josefíno, y ese es el portillo para nuestra propuesta interpretativa.

La obra Cinco Estructuras de Temporal, Opus 58 a., para narrador, narradora, flauta, clarinete y piano, fue escrita para ser estrenada por el Trío Meza en Oaxaca, con versos de Fernando Centeno Güell, ilustre educador, poeta fundador de la Educación Especial en Centroamérica, y de Rodrigo Cordero Víquez.

Como materia prima utiliza la canción del Valle Central Temporal Cerrao, recopilada por la investigadora folclorista Emilia Prieto.

Es una bella obra, curiosa e interesante donde los instrumentos describen, ambientan y proponen los versos del texto poético, pareciendo reafirmar lo que dijo Monteverdi: “el canto debe volver a la simple palabra cuando necesite alcanzar la cumbre de lo dramático y de la emoción”.

La obra tiene cinco movimientos, utiliza juegos de matices en toda la gama que podemos tocar; le da una gran importancia al silencio y consigue hermosas polirritmias. Estático, Imitativo, Coral, Bailable, Recitativo, son los nombres de las Cinco Estructuras de Temporal Opus 58 a., la cual fue escrita en octubre de 1992.

Diálogo Guerrero Místico Opus 15, escrito en noviembre de 1981 (basado en un poema azteca de alrededor de 1495), fue estrenado en ese mismo año por dos alemanes en el Museo Nacional. Está escrito para dos guitarras con uso de arcos, de la voz y la percusión. Usa, desarrolla y estiliza esquemas rítmicos de rumba. De esta se proveen las duraciones y proporciones hasta las sucesiones y acumulaciones del material, así como la estructura formal y emocional de la obra. Dentro de lo más tradicional de las formas de expresión musical, los intérpretes utilizan sus voces declamando el poema, mientras frotan las cuerdas con un arco, percuten el instrumento y hasta puntean algunos acordes. La grafía es de proporciones espaciales y prescinde de pentagramas, armaduras y melodías convencionales, aunque los efectos de volumen están cuidadosamente estructurados para expresar adecuadamente los diversos climas emocionales del poema; es, a la vez, minucioso y libre en el tratamiento de las voces que nunca cantan pero dicen, con sus contrastes expresivos que van desde el grito hasta el susurro “senza voce”, y desde la mayor lentitud, en la que se destaca el timbre de cada vocal, de cada consonante, hasta la rapidez que convierte a la palabra en un sugerente e ininteligible fonema. Es una obra de un dramatismo impactante, que le hace vivir intensamente la angustia de la guerra al oyente.

En resumen, la obra de Mario Alfagüel apunta, utilizando novísimas formas musicales, a las raíces más profundas de nuestra identidad.

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