Frase

  • " Los cines han desaparecido y han sido sustituidos por esas salas multiusos impersonales e intercambiables que carecen de alma. Vamos a ver una película como quien va a un hipermercado."

     

    Pedro Cuartango/Periódico El Mundo

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SE HAN CUMPLIDO CINCUENTA AÑOS DE LA PUBLICACIÓN DEL LIBRO QUE, TAL VEZ, PUEDA CATALOGARSE COMO EL MÁS LEÍDO Y EL MÁS QUERIDO POR LOS LATINOAMERICANOS: CIEN AÑOS DE SOLEDAD, DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. EL SUPLEMENTO CULTURAL LE RINDE HOMENAJE CON ESTE ARTÍCULO QUE NOS PREPARÓ ESPECIALMENTE MARÍA LOURDES CORTÉS

 

La popularidad perpetua de Cien años de soledad

 

Dra. María Lourdes Cortés

 

No quiero imaginar la cara de Mercedes Barcha cuando el empleado del correo le dijo que le faltaban 29 pesos para poder pagar el envío a Buenos Aires del manuscrito que ella y su esposo, un escritor aún poco conocido, Gabriel García Márquez, dirigían a Paco Porrúa, director de la Editorial Sudamericana. Como solo tenían 53 pesos y no el total de 82, dividieron las 590 cuartillas en partes iguales y enviaron una de las mitades, sin percatarse de que era la segunda.

Al salir del correo, Mercedes le dijo al escritor: “Lo único que falta ahora es que la novela sea mala”, con el inveterado realismo que la ha caracterizado desde siempre.

No obstante, Porrúa, quedó encantado con la cadencia del texto y ante la curiosidad de leer la primera parte les envió $500 por el manuscrito, sin saber que aquellas páginas se convertirían en Cien años de soledad y en un punto de giro en la literatura latinoamericana y mundial.

Es conocida la leyenda de que García Márquez se dirigía a Acapulco de vacaciones cuando descubrió de repente el tono con el que debería escribir la historia que le daba vueltas desde los 17 años:

 

Desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen. De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma, tan intenso y arrasador, que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

-¡Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera!

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: 'Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo'. Desde entonces no me interrumpí un solo día en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo".[1]

 

            Al inicio del proceso de escritura, García Márquez pensó que tardaría unos cuatro meses en darle forma a una historia que tenía dos décadas en su cabeza, bajo el título primigenio de La casa, y que sus amigos del más tarde célebre Grupo de Barranquilla habían bautizado como “el mamotreto”. Y para aquellos cuatro meses había reservado todas sus fuerzas y $5000 ahorrados.

            Pero los gitanos, las plagas, las mujeres fértiles, las guerras y sus coroneles cobraron vida propia en la imaginación del autor y colonizaron un territorio independiente de generaciones, ciclos y argumentos entrecruzados. Recluido en su cuartito de San Ángel, en la Ciudad de México, tecleando con dos dedos y una pasión desbordante, atravesó 18 meses de escritura rigurosa que se condensaron en las célebres 590 cuartillas que tuvo el manuscrito original de Cien años de soledad.

Del resto se ocupó Mercedes, quien mantuvo la casa en pie casi de manera mágica, como lo hubiera hecho la propia Úrsula Iguarán. Vendió el automóvil, empeñó las joyas, pidió fiado a todo el que pudo, malbarató los electrodomésticos –excepto el vital secador de pelo-  y organizó una conspiración de amigos que se turnaban por semana llevándoles víveres para que la familia sobreviviera.

Siempre hubo comida en la casa, según recuerda García Márquez, y 500 hojas en blanco al lado de la máquina de escribir Smith Corona, porque el escritor no soportaba las páginas con erratas o tachaduras, las cuales terminaban arrugadas en el suelo y ella se encargaba de reabastecer por una resma nueva cada cierto tiempo.

 

            El fulminante rayo del éxito

 

García Márquez, que hasta entonces solo había publicado tres novelas breves –La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1964)-  y un libro de cuentos  -Los funerales de la Mamá Grande (1962), ninguno de los cuales había superado los mil ejemplares ni alcanzado notoriedad alguna, tuvo un éxito fulminante con Cien años de soledad. La primera edición se imprimió en Buenos Aires el 30 de mayo y salió al mercado una semana después, el 5 de junio de 1967. En menos de un mes se había agotado, por lo que inmediatamente hubo que reeditarla. Solo el primer año la novela tuvo ocho ediciones, algo inédito en Iberoamérica, y desde entonces su fama fue imparable.

Cuarenta años después, en 2007, la Real Academia Española de la Lengua la publicó en un tiraje de un millón de ejemplares, una edición tan desmesurada como la misma novela. Un millón de copias que, en realidad, se sumó a la cifra de más de 50 millones vendidos hasta ese momento, una comunidad macondiana, que si fuera un país, sería “uno de los veinte países más poblados del mundo”[2].

            La estrategia que había orquestado la agente literaria Carmen Balcells –otra de las mujeres imprescindibles del mundo poblado de mujeres y personajes femeninos del autor- fue muy eficaz. Antes del lanzamiento editorial, había enviado capítulos del libro en proceso de escritura a revistas, periódicos y a escritores. Julio Cortázar y Carlos Fuentes, entre otros, escribieron entusiastas comentarios sobre la novela que saldría. Sin duda, el boom hubiera llegado tarde o temprano… ¡si a Cien años de soledad hasta la bailamos! con la cumbia Macondo del compositor peruano Daniel Camino, cuyo estribillo puso a cantar a un continente entero: “…mariposas amarillas, Mauricio Babilonia”.

 

            Cien años de soledad al cine

 

            A 50 años de la edición original, Cien años de soledad vive la popularidad perpetua de un longseller que se ha convertido en uno de los clásicos de la literatura moderna. Es una de las novelas literarias más vendidas de la historia, lo cual es una proeza, sobre todo si se piensa que en 1967 no existía la industria de bestsellers que ha permitido que un escritor como Dan Brown haya vendido más de 80 millones de ejemplares de El código Da Vinci (2003).

Cien años de soledad tampoco se benefició de la adaptación cinematográfica ni del mercadeo masivo, como en el caso de los thrillers populares de Brown o de otros autores superventas. Por el contrario, García Márquez siempre se negó a ceder los derechos de su novela más famosa. En la década de 1980, corrió el rumor de que el actor mexicano-estadounidense Anthony Quinn le había ofrecido un millón de dólares por llevarla al cine. Otros cineastas de renombre, como Akira Kurosawa y Emir Kusturica, se interesaron por otra obra considerada inadaptable, El otoño del patriarca, sin que se concretara el proyecto.

En 1983, antes de morir, el iconoclasta poeta y cineasta japonés Shuji Terayama quiso acercarse al universo macondiano en su película Adiós al arca (1984), adaptada al folclor nipón, pero con indudables semejanzas con la historia del colombiano. Al parecer, la versión no convenció al novelista, quien le negó los derechos de adaptación y le exigió al productor japonés modificaciones que alejaron aún más la película del original latinoamericano.

            Antes de escribir Cien años de soledad, García Márquez se trasladó a México para integrarse en la industria cinematográfica, dedicándose a la escritura de guiones y a ceder algunos de sus cuentos e ideas argumentales, que se convirtieron en películas. Esa fue el medio de subsistencia primordial para el futuro Premio Nobel y lo que él pensaba que sería su oficio:

 

Yo siempre creí que el cine, por su tremendo poder visual, era el medio de expresión perfecto. Todos mis libros anteriores a Cien años de soledad están como entorpecidos por esa incertidumbre. Hay un inmoderado afán de visualización de los personajes y las escenas, una relación milimétrica de los tiempos del diálogo y la acción, y hasta una obsesión por señalar los puntos de vista y el encuadre. Trabajando para el cine me di cuenta de lo que se podía hacer sino también de lo que no se podía; me pareció que el predominio de la imagen sobre otros elementos narrativos era ciertamente una ventaja pero también una limitación, y todo aquello fue para mí un hallazgo deslumbrante, porque solo entonces tomé conciencia de que las posibilidades de la novela son ilimitadas.[3]

 

En efecto, Cien años de soledad es, según el narrador, su venganza personal contra el cine, al considerarla inadaptable[4]. Si bien siguió realizando guiones de modo esporádico, el éxito internacional de la novela le permitió consagrarse a la literatura. Con Cien años de soledad, como sabemos, el escritor devoró al cineasta y el colombiano se dedicó por completo a una carrera literaria que transformó la historia de la narrativa en lengua castellana.  

 

 

 



[1]http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2007/garcia_marquez/newsid_6430000/6430281.stm En otras entrevistas pareciera que dio media vuelta y regresó a su apartamento sin tomar las vacaciones.

[3] Gerald Martin, Gabriel García Márquez. Una vida, México, 2009, p. 333

[4]  Curiosamente, existe una película japonesa, Saraba Hakobune (Farewell to the Ark, 1984), de Shuri Terayama, que pretende ser una versión libre de Cien años de soledad. Una adaptación no autorizada, pero son similitudes indiscutibles. Ver en https://www.sdpnoticias.com/geek/2014/04/17/saraba-hakobune-garcia-marquez-a-la-japonesa

 

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