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Deslindes: El Crimen de Viviana Gallardo. COLUMNA DE ADRIANO CORRALES ARIAS

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El Crimen de Viviana Gallardo

 

Deslindes / Columna de Adriano Corrales Arias

 

 

Un grupo de desconocidos colocó una “placa” en el parque de San Pedro de Montes de Oca rememorando la muerte de Viviana Gallardo, asesinada en una celda de la antigua Penitenciaría Central, y renombrado ese parque con su polémica memoria. (La “placa” se mantuvo por algunos minutos). El performance desató una polémica en las redes sociales donde afloraron el anticomunismo, la retórica populista y el palanganeo a la tica. De las intervenciones más lúcidas, rescato la del escritor Fernando Durán Ayanegui, quien reflexionó sobre el execrable crimen de Estado. (Hay que recordar un artículo del señor Jacques Sagot, quien conoció a la Gallardo, donde asegura que fue violada y torturada antes de ser asesinada).

 

Algunos intelectuales orgánicos de la clase media, medio socialdemócratas o, mejor digámoslo directamente, de esos que pretenden ser “críticos” pero tratando de quedar bien con todos, sobre todo con el statu quo, apuntaron hacia el horror de una muchacha “fanatizada” y manipulada por sus profesores que se convierte en terrorista: “Radicalizada y fanatizada por una organización de la que formaban parte algunos de sus profesores universitarios, ella y sus compañeros estaban dispuestos a matar  –y lo hicieron– en nombre de sus ideales revolucionarios… Aspiraban a convertir el terrorismo urbano en su método de lucha. Algunos verán esto como heroísmo, otros como idealismo… también había de por medio chantaje y manipulación, como lo demuestra el triste curso de las revoluciones centroamericanas (y más allá…)”.

 

Es decir, se condena a la víctima, no a sus victimarios. No se explica ni se comprende la compleja trama sociopolítica de una época cruzada por la guerra en Centroamérica con la intervención directa del gobierno de Estados Unidos en plena Guerra Fría, el cual, dicho sea de paso, financiaba algunas de sus operaciones por medio del narcotráfico. Obviamente, muchos jóvenes nos radicalizamos ante ese estado de cosas y optamos por la violencia revolucionaria para contrarrestar la agresión imperial. Así, marchamos incluso a la guerra donde varios costarricenses ofrendaron sus vidas. Ahora se nos puede decir que estábamos equivocados –y en mucho lo estuvimos–, pero jamás manipulados; mucho menos chantajeados.

 

Recordemos los hechos: un grupo de jóvenes revolucionarios dentro del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP) se radicalizan y plantean que ya están dadas las condiciones objetivas para la lucha guerrillera. Se salen del partido y fundan su propia organización denominada perentoria y operativamente “La familia”. Realizan algunas acciones armadas, entre ellas un atentado con bomba a un carro cargado de marines usamericanos y la colocación de un artefacto explosivo en la otrora estatua a John Fitzgerald Kennedy en el parque de San Pedro. (La embajada gringa la volvió a colocar pero, reiterada y pacientemente, era pintada de rojo hasta que la desaparecieron totalmente).

 

Una noche aciaga (12 de junio de 1981) al parecer el grupo prendía asaltar una licorera, pues de esa forma financiarían sus actividades. Tres policías de la Quinta Comisaría de San José, Luis Anchía Álvarez, Rafael Godínez Mora y Luis Martínez Hall, se acercaron al vehículo a inspeccionar. En ese momento les disparan y mueren al instante. El vehículo en que viajaba el grupo operativo, conducido por la joven Gallardo, se dio a la fuga pero colisionó. Un taxista, Miguel Aguilar Porras, los siguió; fue la cuarta víctima de esa noche.

 

Gallardo fue detenida en Guadalupe de Goicochea y colocada en una celda de la Primera Comisaría de San José. Se encontraba junto con Alejandra Bonilla Leiva y Magaly Salazar Nassar, acusadas de participar en los homicidios. Un cuarto miembro del grupo subversivo, Carlos Gerardo Enríquez Solano, había muerto en la acción. Al ser las 5:30 a. m. del 1 de julio el cabo José Manuel Bolaños le descerrajó, por la espalda, 12 tiros de una M-76. El cabo Bolaños fue condenado tres meses después a 18 años de cárcel por el asesinato de Gallardo, pero en 1987 obtuvo el beneficio de ejecución condicional de la pena. Murió el 15 de junio de 2014 sin revelar quién o quiénes habían dado la orden.

 

De tal modo que estamos ante un crimen de Estado que permanece impune. Eso es lo fundamental, lo que no implica pasar por alto una severa evaluación de los acontecimientos a la luz de la historia y de la convulsa realidad nacional e internacional de aquellos años. Hoy es muy fácil acusar a aquella joven de 18 años de haber sido supuestamente “ideologizada, manipulada y chantajeada”. Para quienes sabemos de ella, tenemos claro que se trataba de una chica inteligente, sensible y radicalizada ante la coyuntura de guerra y de la sempiterna intervención directa del gobierno usamericano en Centroamérica. Juzgarla a priori, en la distancia, profundiza su criminalización histórica y no ayuda en nada a comprender que, equivocada o no, fue vilmente asesinada por un Estado que se autoproclama neutral, pacífico y democrático.

 


 

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