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Muchos Asturias: revalorando la importancia de la crítica asturiana

 

Arturo Arias[1]

 

El siguiente artículo se publica en conmemoración del 50 aniversario de la entrega del Premio Nobel de Literatura a Miguel Ángel Asturias

 

 

Miguel Ángel Asturias ha sido, desde que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1967, una especie de examen Rorschach de las múltiples actitudes de su país de origen frente al vasto y complejísimo mundo que representó en su riquísimo imaginario. Ha sido tildado de prácticamente todos los defectos que aquejan a la sociedad guatemalteca: machista, borracho, comunista, racista, cachureco[2], revolucionario. Esto mismo evidencia el enorme peso que aun ejerce en los espacios simbólicos de los diferentes sectores sociales de su país, por irreales o inconcebibles que sean. Nunca otro escritor guatemalteco fue visto de esta manera.

 

Tampoco parecería posible que otro llegue a ocupar un espacio semejante en el futuro. Este hecho insólito –un escritor marcando fantasiosamente los idearios de su país– es evidencia del enorme peso que ejerce Asturias todavía, a medio siglo de su Premio Nobel, y 43 años de su muerte. Yo diría que su prestigio, si acaso, ha ido en aumento conforme más lo han vapuleado con epítetos provenientes de todas las direcciones posibles. Forma parte de una transición que va de la desaparición física del ser humano a la constitución del mito. Los disparos cruzados han agrandado su figura. Al igual que el dinosaurio de Augusto Monterroso, cuando los guatemaltecos se despiertan, Asturias todavía está allí. Monterroso aseguró que su famoso cuento no era tal, sino que era una novela. Yo pienso que es más bien la biografía social de Asturias.

 

Miguel Ángel Asturias fue muchas cosas durante su compleja vida en Europa, América del Sur y en su patria, de la cual pudo decir que nunca salió o que nunca dejó. Fue ella, ingrata, quien lo hizo. Para Asturias, parafraseando a Joyce, Guatemala siempre fue esa pesadilla de la cual intentó siempre despertarse. Eso prácticamente fue lo único que nunca logró.

 

En la última parte de su vida, Asturias –asociado al principio por la crítica a la generación de los años cuarenta que nos dio al cubano Alejo Carpentier, o al mexicano Juan Rulfo por las publicaciones de El señor presidente (1945) y Hombres de maíz (1949)– recibió ataques que opacaron la grandeza de su producción literaria, justo cuando debería haber más bien disfrutado de su Nobel. Los escritores del boom, sobre todo Mario Vargas Llosa, lo acusaron de ser “premoderno” por escribir novelas de la tierra. Para ellos, la modernidad tenía que ser urbana, eurocéntrica y cosmopolita. Lo anterior pesó internacionalmente. Así, en un lapso de años relativamente breve, Asturias pasó a ser –a pesar de su Premio Nobel, el primero para un latinoamericano desde Gabriela Mistral en 1945– un escritor que los círculos políticamente correctos de la época minusvaloraron. Sobra decir que esta actitud no tenía nada que ver con la calidad literaria de su obra. Respondía más bien a afectos ideológicos generacionales que malentendieron su comportamiento instintivo y visceral.

 

Sin embargo, ya nos hemos alejado bastante de las pasiones de fines de los años sesenta del siglo veinte. Desde la última década de este inició una revisión crítica del significado del boom literario y de los motivos por los cuales algunos de los escritores insertos dentro de esta corriente –tales como el chileno José Donoso o el conservador pensador eurocéntrico peruano Mario Vargas Llosa, quien atacó toda su vida al mejor novelista de su país, José María Arguedas– sintieron la necesidad de “matar” a sus padres literarios, pretendiendo que la literatura eurocéntrica del continente escrita en castellano, comenzaba con ellos. En ese mismo contexto, ha sido indispensable reevaluar la producción literaria anterior a los años sesenta y volver a situar los logros, hallazgos y avances que representaron muchos de estos escritores. Lo anterior fue posible gracias a nuevas fuentes primarias que posibilitaron una reevaluación completa de la producción literaria que antecedió al boom. Así se reconstruyó la historia cultural de los años veinte, y sus sistemas de pensamiento estéticos.

 

Un importante paso en esa dirección –una verdadera mina literaria– lo constituyó la compilación periodística de Asturias durante sus años parisinos, 1924-1933, el primero de los volúmenes críticos publicados sobre el autor en la Colección Archivos de Literatura Latinoamericana del Siglo Veinte, bajo el título de París 1924-1933: Periodismo y creación literaria en 1988. El futuro Premio Nobel era en ese entonces apenas un joven aspirante a escritor, que recién iniciaba el proceso de cimentar su visión del mundo al redefinir su identidad como guatemalteco y como latinoamericano desde la óptica cosmopolita parisina. Su gran genialidad no será la de reverenciar la cultura francesa, sino más bien la de descubrir desde París la riqueza de la cultura latinoamericana de corte occidental.

 

Los 440 artículos periodísticos fueron publicados en Guatemala en El Imparcial, el periódico más joven e importante del país en aquella época. Contribuyeron de manera mínima a cubrir los gastos del autor en París. Su importancia radica en que ayudaron al aspirante a novelista a forjarse un mejor entendimiento del mundo que dejó atrás, una reevaluación del ser guatemalteco y latinoamericano, así como a generar una estética empapada en las corrientes surrealistas de la época. Luego de su efímera aparición a la luz pública, los mentados artículos quedaron en el olvido hasta ser exhumados en la edición indicada. De allí que el coordinador de este, Amos Segala, afirmara que podíamos referirnos a ellos como “inéditos” en el sentido de que nunca habían sido trabajados críticamente con anterioridad.

 

La mayoría de comentaristas de Asturias sabían que el autor había escrito los mencionados artículos y se referían a ellos en entrevistas o notas biográficas. Pero eran desconocidos por su enorme inaccesibilidad y no habían sido leídos por nadie desde su publicación original en El Imparcial.

 

Al morir Asturias en 1974, su acervo pasó a manos del Comité de Amigos de Miguel Ángel Asturias, dirigido por el crítico italiano Amos Segala –quien también compiló el volumen sobre periodismo. Segala fue el editor y el fundador de la Colección Archivos de Literatura Latinoamericana del Siglo Veinte, la cual fue concebida desde un inicio como homenaje al escritor guatemalteco. Segala se convirtió en íntimo amigo de Asturias y su mujer Blanca desde la llegada de estos a Génova en abril de 1962, huyendo de la Argentina, donde acababa de caer su amigo, el presidente democrático Arturo Frondizi, y llegado al poder el general de extrema derecha Juan Carlos Onganía. Segala los alojó en su casa, y se movilizó para organizarle espacios públicos para ganarse la vida. Luego de que Asturias aceptara la embajada de París del gobierno de Julio César Méndez Montenegro en 1966, Segala viajó a dicha ciudad, continuando la amistad, y conviviendo con la pareja en los veranos de Mallorca. Segala sabía de los artículos periodísticos que el propio autor había retenido y entregado en vida a Claude Couffon –crítico francés y miembro también del Comité de Amigos– para una futura publicación. Sin embargo, estos eran los menos. Apenas si permitían un atisbo de lo que el conjunto representaba. Fue desde entonces que surgió la idea de editar algún día la obra periodística de Asturias, si bien esto suponía la casi utópica maniobra de encontrar muchos de los míticos artículos que hasta ese entonces nadie conocía. Con una dedicación digna de encomio, el crítico inglés Gerald Martin y su esposa se dedicaron a peinar los archivos del hoy extinto El lmparcial en Ciudad Guatemala, con el afán de rescatar del olvido lo que suponían serían unos pocos artículos. Grande fue su sorpresa al encontrar más de 400 de ellos, que no habían conocido la luz del día desde su publicación original hacia fines de los años veinte o principios de los treinta.

 

El hallazgo de los artículos periodísticos y su edición completa en París 1924-1933, significó un paso transcendental en el proceso de reevaluar críticamente la magna obra de Asturias. También, revolucionó el desarrollo del método de la historiografía literaria latinoamericana de corte occidental, ejercida por medio de la profundización del trabajo de archivo con el afán de rescatar fuentes primarias que posibilitaran recomponer el ámbito estético, afectivo y creativo en el cual ha operado un autor dado. De este primer volumen se desprendieron las demás ediciones críticas de la Colección Archivos que se publicaron a partir de 1999, fecha del centenario del nacimiento del autor, con la misma metodología de profundización de trabajo de archivo y rescate de fuentes primarias.

 

En la Colección Archivos se publicaron –más allá de las obras de los grandes autores latinoamericanos del siglo veinte– los volúmenes críticos sobre París 1924-1933: Periodismo y creación literaria (1988; coordinador, Amos Segala); Hombres de maíz (1992; coordinador, Gerald Martin); El árbol de la cruz (1993; coordinadores, Aline Janquart y Amos Segala), Mulata de tal (2000; coordinador, Arturo Arias), Cuentos y leyendas (2000; coordinador, Mario Roberto Morales), Teatro (2003; coordinadora, Lucrecia Méndez de Penedo). Fuera de los tres primeros volúmenes previamente publicados, la idea era que todos los demás salieran para el Festival de la UNESCO en torno al centenario de Miguel Ángel Asturias. Desafortunadamente, el volumen de teatro se retrasó algunos años. Asimismo, se preparó un volumen más sobre Maladrón que, por razones que desconozco, no llegó nunca a publicarse. Tuve sin embargo el placer de colaborar en casi todos los volúmenes críticos con un artículo original. No lo hice en el primero, París 1924-1933, ni en el de El árbol de la vida. Participé en todos los demás. Contribuí incluso con un artículo para el volumen sobre Maladrón, el cual ha permanecido inédito hasta esta fecha.

 

Lo que de inmediato sobresalió con el estudio del nuevo material fue que Hombres de maíz (1949) no se empezó a escribir en los años cuarenta, sino hacia fines de los veinte. Ese período de 1926 a 1933 fue sumamente fértil. No solo emergieron los artículos periodísticos como laboratorio de lo que Asturias iba aprendiendo en París y reconfigurando en su cabeza. Supimos que Asturias escribió en el mismo período Leyendas de Guatemala, publicado en España en 1930, Elseñor presidente, terminada en 1933, aunque no saldría a la luz pública sino hasta 1945, El Alhajadito, terminado en 1927 aunque publicado hasta 1961, e inicia el embrión de Hombres de maíz.Incluso, llegó a tomar notas sobre lo que más adelante serían Mulata de tal y Maladrón, pues en un primer momento, Asturias concibió todos estos textos como un gran texto conjunto, un gran mural sobre el sentido de la guatemaltequidad (ladina).

 

Incapaz de plasmar todas estas erupciones creadoras de gran magnitud en un solo texto, el prototexto se fue subdividiendo en una serie de novelas más cortas que están emparentadas entre sí, y que se diferencian genealógicamente de su otra línea, la realista política (o socio-política, que incluye la trilogía bananera Weekend en Guatemala. Asturias llegó a manejar los elementos de las ontologías mesoamericanas. Me consta, pues en la preparación de la edición crítica de Mulata de tal, junto con Byron Barahona, tuve en mis manos sus escritos en la Biblioteca Nacional de Francia en noviembre de 1998. Estos incluían muchas de las notas de corte antropológico que tomó sobre los significados de los diferentes símbolos mayas y nahuas, en una letra muy clara y ordenada de corte escolar, escritos que estaban acompañados por dibujos de su propia confección. Fue esa fusión lingüística la que generó el lenguaje que deslumbró a los críticos a partir de Leyendas de Guatemala de 1930.

 

 



[1].   Escritor y académico guatemalteco residente en los Estados Unidos en donde es profesor en la Universidad de California, Merced. Como escritor ha sido ganador dos veces del Premio Casa de las Américas, una vez en ensayo y otra en vez novela.

[2].   Conservador.

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